Alexandr Suvórov

Alexandr SuvórovRIA Novosti

El seis de febrero de 1799 en una calle de la aldea de Konchánskoye, en la remota provincia rusa de Nóvgorod, apareció un trineo tirado por tres caballos blancos. Un militar vestido con el uniforme de gala de la guardia imperial se dirigió a un campesino de pequeña estatura vestido con un abrigo de piel y una gorra gastados: “Oye, viejo, dime, ¿dónde vive el mariscal de campo, conde de Rýmnik, su excelencia Alexandr Vasílievich Suvórov?”. El campesino le respondió con desdén: “Aquí no tenemos mariscales. Hay un viejo loco que va con los campesinos al campo, participa en los juegos de niños y en las fiestas toca las campanas de la iglesia. Además, le gusta gritar como un gallo”. El campesino imitó un cacareo y se fue cojeando.

El mensajero del emperador de Rusia Pablo I pronto encontró la casa que buscaba.  No se diferenciaba mucho de las demás casas de la aldea. En la habitación principal estaba sentado, sobre el suelo cubierto de paja, el mismo campesino con el que había hablado en la calle. El mensajero le entregó una carta en la que el emperador convocaba al mariscal de campo a San Petersburgo. En ese mismo instante el viejo se transformó: subió la cabeza, enderezó la espalda y con los ojos brillantes escribió la respuesta: “En seguida voy a postrarme a las pies de su Majestad”.

Alexandr Suvórov, caído en desgracia tras la muerte de la emperatriz Catalina II, fue llamado por el sucesor de esta, Pablo I, para comandar las tropas aliadas ruso-austriacas, que estaban sufriendo derrotas en la guerra contra los ejércitos franceses en Italia. El mariscal de campo en seguida triunfó en las batallas de Trebia y Novi y los franceses se replegaron de Italia. Suvórov recibió órdenes de trasladarse a Suiza para combatir junto con el cuerpo expedicionario ruso bajo el mando del general Rimski-Kórsakov. Antes de que las tropas llegaran al país helvético, el ejército del general fue derrotado y Suvórov fue rodeado. Sin munición ni comida, el jefe militar ruso logró romper el cerco con sus tropas, cruzar los Alpes y evitar la derrota. En octubre de 1799 y tras formar parte del Ejército desde los diecisiés años, Suvórov obtuvo el máximo rango militar ruso: generalísimo.

Suvórov nació el veinticuatro de noviembre de 1729, hijo de un senador y general de la época de la emperatriz Catalina II. Inicialmente su padre era reacio a alistarlo en el Ejército dado que el pequeño Alexandr era un niño bajito, enfermizo y cojo, y se inclinaba más a proporcionarle una buena educación para que se convirtiera en funcionario civil. Sin embargo, Suvórov sentía una gran pasión por la vida militar (su libro favorito era La guerra de las Galias de Julio César) y tenía una fuerza de voluntad extraordinaria: se levantaba en la madrugada, se bañaba con agua helada, corría, montaba a caballo y en medio del duro invierno ruso se vestía con ropa ligera.

En el regimiento Semiónovski, donde comenzó su carrera militar a los diecisiéis años, Suvórov conoció en detalle la vida del soldado raso, algo que le valdría en el futuro para saber cómo dirigirse a sus hombres para enardecer los ánimos e impulsarlos a la victoria. Su avance por los escalones militares fue lento, tanto que hasta los 25 años no fue promovido a oficial  (Alexandr Rumiántsev, que fue su subordinado en la guerra contra Turquía en 1790, fue ascendido a general a los 22 años de edad).

Sus primeros combates tuvieron lugar durante la guerra de los Siete Años (1756-1763) contra Prusia. Más tarde luchó contra los turcos en 1774, donde, ya como general, comandó las tropas rusas que derrotaron a un ejército turco de 40 000 soldados en la batalla de Kozludze. Ese mismo año Suvórov fue enviado al interior de Rusia para sofocar una rebelión de campesinos y cosacos encabezada por Yemelián Pugachov aunque no llegó a participar en enfrentamientos directos con el ejército rebelde dado que en aquel entonces el levantamiento estaba ya controlado por las tropas imperiales.

Donde más destacó el generalísimo fue en la guerra ruso-turca de 1787-1791. Suvórov triunfó en las batallas del río Râmnicu Sărat (en ruso denominado “Rýmnik”, de donde el título de “conde de Rýmnik”) y de Focsani. En diciembre de 1790 el militar recibió la orden de comandar el asalto a la fortaleza turca de Izmail, considerada infranqueable. Antes de proceder al asalto el general envió al jefe de los turcos el ultimátum de rendición: “He venido con las tropas, les doy 24 horas para la rendición y les dejo libres; mis primeros disparos significan la prisión; el asalto es la muerte: hagan su elección”. La respuesta de los defensores de la fortaleza fue desafiante: “Antes detenga el Danubio su corriente y caiga el cielo sobre la tierra que Izmaíl se rinda”. El 11 de diciembre las tropas rusas tomaron la ciudadela matando a 26 000 turcos y haciendo prisioneros a 9000. Las pérdidas de Suvórov fueron de 4000 muertos y 6000 heridos.

Después de la guerra contra Turquía, Suvórov ocupó la comandancia de uno de los cuerpos del Ejército ruso que combatió contra los insurrectos polacos. En 1796 la emperatriz Catalina II murió. Su sucesor, Pablo I, pronto procedió a reformar el Ejército ruso a la manera militar prusiana. Entonces Suvórov comentó: “Los rusos siempre han derrotado a los prusianos”, y cayó en desgracia. Fue desterrado a la aldea de Konchánskoye hasta que en febrero de 1799 fue llamado de nuevo para acudir al campo de batalla.

Tras su triunfo en la campaña italiana contra las tropas francesas, Suvórov esperó una valoración digna de sus méritos. Sin embargo, el emperador Pablo I no lo recibió en audiencia a su regreso a San Petersburgo. El 18 de mayo de 1800 el viejo veterano, herido y enfermo, falleció. De acuerdo con sus propios deseos, en su tumba en el monasterio de Alexandr Nevski está escrito “Aquí yace Suvórov”.

El célebre jefe militar ruso solía llamar a sus soldados “guerreros milagrosos” y para las tropas escribió el manual de combate La ciencia de la victoria. Los soldados y oficiales debían memorizar las partes claves del texto, escrito con palabras claras y sencillas, y repetirlas durante la formación matutina.

Según Suvórov, para triunfar había que realizar en primer lugar las labores de reconocimiento para establecer los puntos de ataque. Después había que actuar rápidamente atacando con toda la presión. Siempre había que acumular la cantidad máxima de tropas en el lugar de ataque y emprender este por los flancos. La persecución del enemigo derrotado debía ser implacable.

Los soldados tenían la orden de disparar en contadas ocasiones pero siempre con precisión. El jefe militar sentía predilección especial por el ataque con bayonetas y solía decir: “La bala es tonta, la bayoneta es gallarda”. Su manual contenía indicaciones de respetar a los habitantes pacíficos que proveyeran de víveres al Ejército y de buscar trofeos solo en las fortalezas y ciudades que no se rindieran. Suvórov elaboró además tácticas para el desplazamiento acelerado de las tropas: sus soldados recorrían a pie hasta 85 kilómetros diarios. El manual incluía una lista de medicamentos a base de hierbas y un menú especial para heridos y enfermos. El lema de los soldados a su mando era: “subordinación, ejercicio, orden militar, limpieza, salud, aseo y ánimo”.

Mientras estaba en campaña, el generalísimo vivía como un soldado raso, dormía sobre paja a la intemperie y comía los platos típicos rusos: schi y kasha. Todo esto junto con su fama de invencible lo convirtió en un ídolo de los soldados.

Sin embargo, tuvo un matrimonio infeliz. Se casó a la edad de 43 años con Varvara Prozoróvskaya, miembro de la nobleza de 23 años, su polo opuesto. Suvórov era bajito feo y avaro; Varvara, alta y linda y manirrota. De su unión nació Arkadi, que fue oficial del Ejército ruso durante las guerras napoleónicas, donde murió ahogado en el río Râmnicu Sărat, que tanta fama había dado a su padre. También tuvo una hija, Natasha, que se casó con Platón Zubov, hermano de uno de los amantes de la emperatriz Catalina II. Su nieto Alexandr, hijo de Arkadi, fue general del Ejército.

Alexandr Suvórov fue uno de los personajes más excéntricos y extravagantes de la época y existen numerosas anécdotas sobre su vida. En una ocasión el embajador de Francia le preguntó si era cierto que cuando dormía, para no bajar la guardia nunca se quitaba la ropa ni las botas con espuelas. “No es verdad”, respondió el generalísimo, “a veces me relajo y me quito una espuela”.

No en vano, una de las más famosas citas de La ciencia de la victoria es “A más comodidades, menos coraje”, quizá, una de las premisas que convirtió a Alexandr Suvórov en héroe nacional ruso.

Rambler's Top100