Nicolás II

Nicolás IIRIA / Yu.Leviant

La figura de Nicolás II, el último zar de Rusia, rey de Polonia y gran duque de Finlandia, se convirtió en un símbolo trágico del cambio de rumbo de la historia rusa del siglo XX. La crisis que destruyó el gran Imperio ruso se reflejó en el destino del soberano, caído junto a su patria en el torbellino revolucionario. El día de su abdicación (el 2 de marzo de 1917) y el de su asesinato (el 17 de julio de 1918) cambiaron el curso de la historia y no sin razón hasta nuestros días no ha cesado el interés hacia su persona, denigrada en vida, difamada después de su muerte y canonizada en el año 2000.

¿Cómo fue el emperador Nicolás II? Heredó de sus antepasados una memoria privilegiada, una disciplina rigurosa, una fe profunda y la capacidad para encantar a la gente. Nunca elevó la voz a su interlocutor, siempre respetuoso en la comunicación, pulcro y puntual. “El rasgo especial de Nicolás II es que es una persona de muy buen genio y extraordinariamente bien educado. Seguro nunca he encontrado ninguna persona más educada que nuestro emperador reinante”, escribía el ministro de Finanzas, Serguéi Vitte. “El emperador fue agradable, tratable, equilibrado. Fue una persona muy buena. Tantos años viví junto a él y ni una sola vez lo vi enojado. Era muy sencillo y humilde”, recordaba el ayudante de cámara de la esposa del emperador, Alexéi Vólkov.

Pero detrás de esta delicadeza se ocultaba una buena voluntad y firmeza de principios. Lo principal para él fue cumplir con su deber de monarca. “Siempre tengo un solo objetivo ante mí: el bien de la patria. Ante esta meta para mí palidecen los intereses mezquinos de algunos individuos”. En 1902 escribió a su madre: “Tengo una responsabilidad horrorosa ante Dios y estoy listo para actuar con convicción, como me ordena mi conciencia. No digo que siempre tenga razón, pues cualquiera se equivoca, pero mi conciencia me dice que debo actuar así”.

La educación de Nicolás II estuvo supervisada personalmente por su padre y su base fue la tradición religiosa. Los tutores del futuro emperador y de su hermano pequeño Jorge recibieron estas instrucciones: “Ni yo ni María Fiódorovna [madre de Nicolás] queremos hacer de ellos ‘plantas de invernadero’. Tienen que saber rezar a Dios, estudiarse bien, jugar y travesear poco. Enséñenles bien… sobre todo no fomenten su pereza… Necesito unos hijos normales rusos; si se pelean, vale, pero para el delator, látigo”.

El programa educativo para el futuro emperador fue elaborado al detalle. Los primeros 8 años se prestó una atención especial al estudio de la historia de la política, la literatura rusa y los idiomas: francés, alemán e inglés, que Nicolás terminó dominando. Los siguientes 6 años se dedicaron a los estudios del arte militar, derecho y ciencias económicas.

Nicolás II viajó a diferentes partes de Rusia y al extranjero. El futuro emperador visitó países como Grecia, Egipto, la India, China o Japón.

La coronación y la tragedia de Jodynka

Nicolás II fue coronado el 14 de mayo de 1896 (estilo antiguo). Los días entre el 6 y el 26 de mayo fueron declarados “Período de la Coronación”. Sin embargo, este feliz evento estuvo marcado por la catástrofe conocida como “la tragedia de Jodynka”, que se convirtió en una señal fatídica del desafortunado reinado del emperador.

El 18 de mayo de 1896, durante la distribución de los regalos del zar al pueblo, en Jodýnskoye Pole, en el noroeste de Moscú, se produjo una enorme estampida en la que perecieron, según los datos oficiales, 1389 personas y resultaron heridas otras 1300.

El militar y político Carl Gustaf Mannerheim relató la tragedia con estas palabras:

“La coronación festiva tuvo una continuación horrible. Al cabo de unos días fueron alarmados los caballeros de la guardia imperial. Tenían que atravesar casi toda Moscú para llegar a la estación de Brest, que se encontraba en el oeste de la ciudad.”

“Apenas se pusieron en fila los escuadrones, cerca de nosotros pasó la carretela con el emperador y la emperatriz, ambos tenían las caras pálidas y serias… No sabíamos qué había pasado pero por el estremecimiento en las caras de la sociedad silenciosa, se podía concluir que había acontecido algo horrible.”

“Poco tiempo después recibimos la explicación. Junto a nosotros pasó una gran caravana de carros abiertos, debajo de los colchones colgaban brazos y piernas sin vida. En el cercano Jodýnskoye Pole había tenido lugar una catástrofe terrible. Multitudes se apresuraron a los pabellones donde se distribuían refrescos y pequeños recuerdos. Empezó el pánico, las personas cayeron y murieron a pisotones”.

Política interior

El gobierno de Nicolás II se caracterizó por el crecimiento económico: de 1885 a 1913 la media de crecimiento económico fue del 2%, y los ritmos de producción agrícola, del 4,5% al 5% al año. La extracción de carbón en la cuenca del Donetsk creció de 4 800 000 toneladas en 1894 a 24 000 000 toneladas en 1913. Empezó la extracción de carbón en la cuenca del Kuznetsk y la exploración de yacimientos de petróleo en las afueras de Bakú y Grozni.

Rusia se convirtió en un país agrícola-industrial, crecían las ciudades, se construían ferrocarriles y se creaba industria. Nicolás II apoyaba las decisiones orientadas a la modernización social del país: realizó una reforma pecuniaria que estableció una unidad monetaria estable al introducir el papel moneda para sustituir las monedas de oro; una reforma agraria; leyes sobre seguros sociales para los obreros industriales y otras.

No siendo un reformador por naturaleza, Nicolás II se vio obligado a tomar algunas decisiones importantes que no se correspondían con sus convicciones personales. En su opinión, el mejor orden político de los posibles para Rusia era una monarquía absoluta. Sin embargo, desde inicios del siglo XIX se habían dado discusiones sobre la posibilidad de introducir en Rusia el constitucionalismo. Solo bajo la presión del fuerte movimiento social a favor de las reformas políticas, el emperador firmó el Manifiesto del 17 de octubre de 1905 que proclamaba las libertades democráticas.

En 1906 empezó el trabajo de la Duma estatal. Rusia empezó a transformarse en una monarquía constitucional. Pero a pesar de esto, el emperador conservaba muchas funciones del poder: tenía el derecho de promulgar leyes (en forma de órdenes) y era la cabeza del Ejército y la Justicia.

La familia imperial

Un gran apoyo de Nicolás II fue siempre su familia. La emperatriz Alejandra (Victoria Alejandra Helena Luisa Beatriz de Hesse-Darmstadt) no fue únicamente la esposa del zar, sino también su amiga y consejera. Las costumbres e intereses de los consortes coincidían en muchos puntos. Se casaron el 19 de noviembre de 1894 y tuvieron cinco hijos: Olga (1895-1918), Тatiana (1897-1918), María (1899-1918), Anastasia (1901-1918) y Alejo (1904-1918).

La familia imperial vivió con la tragedia de la enfermedad incurable de su hijo Alejo, heredero al trono, que padecía hemofilia. La enfermedad condicionó la aparición en la corte de Grigori Rasputin, que antes del encuentro con el zar había obtenido fama de curandero y vidente.

Rasputin en la camarilla

La fecha del primer encuentro personal entre Rasputin y el emperador es bien conocida. El 1 de noviembre de 1905 Nicolás II escribió en su diario: “1 de noviembre. Martes. Un día frío y ventoso… Estuve muy ocupado toda la mañana. Desayunamos: el conde Orlov y Resin. Di un paseo. A las 4 fuimos a Serguievka… Conocimos a un hombre de Dios, Grigori, de la provincia de Tobolsk. Por la tarde hice la maleta, estudié mucho, pasé la tarde con Alix”.

De origen campesino y sin ninguna formación, Rasputin adquirió pronto gran popularidad por su vida licenciosa y su fama de mago.

La vida de Rasputin sigue estando envuelta en enigmas y repleta de vacíos. También ha sido víctima de la maquinaria de propaganda de diferentes regímenes y países. Para unos fue un clarividente y curandero; para otros, un pecador.

A los diecinueve años se casó con Proskovia, con la que tuvo cuatro hijos, aunque tras un corto período de tiempo abandonó a su familia para peregrinar a Grecia y Jerusalén. Durante esta peregrinación Rasputin vivió de las limosnas de los campesinos que encontraba a su paso; se le consideraba un místico y se le atribuía el poder de curar enfermedades y predecir el futuro.

A su llegada a San Petersburgo en 1903, Rasputin fue recibido como un hombre santo. En octubre de 1907 alivió por primera vez los sufrimientos del príncipe Alejo y la emperatriz vio en él a la persona de la que dependía la vida de su hijo. Así Rasputin obtuvo la confianza de la zarina y también la de Nicolás II, fuertemente influido por su mujer.

Con el paso del tiempo, según algunos datos, la influencia de Rasputin sobre el zar y su familia se hizo mayor. La oposición usaba su imagen para difamar a la familia real, especialmente a la emperatriz extranjera (afirmaron que la zarina era una de las amantes de Rasputin). Pero Alejandra y todos sus hijos mantuvieron un profundo respeto hacia su persona hasta el fin de su vida.

Las vidas de la familia del emperador y el campesino vidente se encontraron conectadas más de lo que se podría imaginar. Poco antes de su muerte, Rasputin predijo que en caso de morir asesinado, el zar perdería también su vida y el trono. Unos meses más tarde Rasputin murió a manos del príncipe Felix Yusúpov, el gran duque Dmitri y el diputado de derechas Vladímir Purishkévich.

Política exterior

La política “pacífica” de Alejandro III fue continuada en los primeros 10 años del reinado de Nicolás II. La “tranquilidad” consistía en el apoyo de las relaciones amistosas con Francia y de respeto pero sin confianza con Alemania para conservar el Estado formado con el Imperio austrohúngaro, y benevolentes pero no muy cálidas con Inglaterra.

El espíritu pacífico de la política europea de Rusia reflejaba a la perfección las iniciativas de Nicolás II. En 1898 el zar propuso la convocatoria de una conferencia internacional para asegurar la paz en Europa y frenar el programa de rearme, activo en aquel entonces en todas las grandes potencias.

La primera conferencia tuvo lugar en el verano de 1899 y la segunda en 1907, celebrándose ambas en La Haya. Las reuniones crearon la base del derecho humanitario actual, que define los procedimientos para la solución pacífica de los conflictos internacionales y las leyes de la guerra en tierra y mar. Sin embargo, ningún acuerdo sobre la principal cuestión, la limitación de las armas, fue alcanzado.

La política “pacífica” de Nicolás II en Europa se explicaba por la necesidad de asegurar unas condiciones favorables para el desarrollo económico de Rusia, que entonces estaba volcada en las tareas de modernización, por un lado, y en la ampliación de su influencia en el Oriente Lejano, por otro. En concreto, en el Oriente Lejano tuvo lugar un evento muy importante de la historia rusa de principios del siglo XX: la Guerra Ruso-Japonesa (1904-1905).

Una mala preparación del Gobierno ruso para la guerra, el retraso técnico-militar, lo remoto del teatro de operaciones y la falta de apoyo a Rusia por parte de otros Estados, llevaron al fracaso en el conflicto bélico.

El Tratado de Portsmouth concluyó de modo formal con la Guerra Ruso-Japonesa. Se firmó el 5 de septiembre de 1905 tras la negociación que tuvo lugar en el Astillero Naval de Portsmouth, cerca de esta ciudad en Nuevo Hampshire (EE. UU.). Japón recibía de Rusia la mitad meridional de la isla de Sajalín y la fortaleza de Port Arthur.

Las consecuencias de la derrota fueron muy significativas para Rusia: el prestigio de la potencia resultó malparado y aumentaron los sentimientos revolucionarios en el Imperio. La guerra, percibida como una vergüenza nacional, tuvo un papel importante en el desarrollo de la revolución de 1905-1907.

El Domingo Sangriento

Durante la guerra contra Japón se activó en el país la vida política. El desarrollo del conflicto y la creciente propaganda revolucionaria reforzaron los ánimos antigubernamentales. Empezaron las huelgas de obreros, que acabaron con un gran movimiento organizado por el padre Gapón. Los participantes demandaron directamente al zar un salario más alto y mejores condiciones laborales tras el fracaso de las numerosas huelgas organizadas a finales del año 1904.

En una de las manifestaciones, los participantes portaban iconos religiosos, además de retratos del zar, para demostrar que sus intenciones eran pacíficas. La petición a Nicolás II terminó con las siguientes palabras: “Aquí, señor, están nuestras principales necesidades con que hemos acudido a ti. Ordena y jura que lo cumplirás y así harás a Rusia feliz y buena e imprimirás tu nombre en nuestros corazones y en los de nuestros descendientes para siempre. Y si no lo ordenas y no respondes a nuestro ruego, moriremos aquí, en esta plaza. Ya no tenemos a dónde ir ni para qué. Tenemos solo dos caminos: a la libertad y a la felicidad, o a la tumba”.

Cuando la muchedumbre llegó a las inmediaciones del Palacio de Invierno en torno a las dos del mediodía, se encontró con que el palacio estaba custodiado por tropas de cosacos que habían sido convocadas por el ministro del Interior, Sviatopolk Mirski. El emperador no estaba en la ciudad, se encontraba con su familia en su residencia de Tsárskoye Selo. Cuando los manifestantes llegaron a unos cien metros de la entrada del Palacio de Invierno, los soldados dispararon a matar contra la masa y, además, atacaron con una carga de caballería. El resultado oficial fue de 92 muertos.

Esta tragedia alimentó la chispa de la revolución futura y la caída del Imperio ruso.

La Primera Guerra Mundial

Una momento especial en la vida de Nicolás II fue el año 1914, el inicio de la Primera Guerra Mundial. El zar trató de evitar el enfrentamiento sangriento hasta el último momento. Sin embargo, el 19 de julio de 1914 Alemania declaró la guerra a Rusia.

En agosto de 1915, en un período de fracasos militares, Nicolás tomó el mando militar.

La guerra agudizó los problemas interiores del país. El zar y su entorno fueron acusados de fracaso y de una campaña militar prolongada y se difundieron rumores de que en el Gobierno “anidaba la traición”. A principios de 1917 el mando superior, encabezado por el zar, junto con los aliados británicos y franceses, preparó el plan de ataque que pretendía poner fin a la guerra en el verano de 1917. Sin embargo, estos planes no se realizaron nunca.

La abdicación y el fusilamiento de la familia real

A finales de febrero de 1917 en San Petersburgo comenzaron unas revueltas que, al no encontrar resistencia por parte del poder, se transformaron al cabo de unos días en unas protestas multitudinarias contra el Gobierno y la casa real. Al principio el zar quiso arreglar la situación por la fuerza pero cuando comprendió la magnitud de los disturbios, rechazó el uso de la violencia temiendo un gran derramamiento de sangre.

Algunos militares de alto rango, miembros de la corte imperial y políticos convencieron al zar de que para apaciguar el país se requería un cambio de Gobierno y que era necesaria su abdicación del trono. El 2 de marzo de 1917 en Pskov, en el salón de un vagón del tren imperial (donde se había instalado el Gran Cuartel General en aquel momento), después de unas penosas meditaciones, Nicolás II firmó el acta de abdicación a favor de su hermano Miguel. Sin embargo, la presión de los revolucionarios obligó a este a renunciar al trono pocas horas después.

El 9 de marzo Nicolás II y la familia imperial fueron arrestados. Durante los primeros cinco meses se encontraron bajo vigilancia en Tsárskoye Selo. Después de la abdicación del emperador una comisión especial del Gobierno provisional investigó los materiales para realizar un juicio contra el antiguo monarca y su esposa, Alejandra, con una acusación de alta traición. Dado que no se encontró ninguna prueba que culpase al emperador y la emperatriz, el Gobierno provisional pensó en desterrarlos a Inglaterra.

En el verano de 1917 en San Petersburgo se reforzaron los ánimos antimonárquicos y surgió el peligro de un asesinato no autorizado de la familia imperial, por eso el Gobierno provisional tomó la decisión de mandar a la familia del emperador a un lugar “tranquilo” y alejado del centro del país, la ciudad de Tobolsk, donde los presos llegaron el 6 de agosto de aquel año.

Después de los acontecimientos revolucionarios del 25 de octubre de 1917 y la llegada de los bolcheviques al poder, la situación para la familia del zar se hizo mucho más difícil. La idea principal del Gobierno comunista era un juicio abierto contra el “verdugo coronado”, como llamaban al zar. A favor del tribunal se manifestó Vladímir Lenin y presumiblemente Lev Trotski sería designado procurador.

El juicio podía tener lugar solo en la capital o en una ciudad grande industrial. Así, el poder central planteó la cuestión del traslado de los Románov de Tobolsk a un lugar más “accesible”. En abril de 1918 la familia real fue enviada a Ekaterimburgo.

La cuestión del fusilamiento de la familia del zar fue planteada por los bolcheviques ya a finales de junio de 1918. Los ataques del Ejército Blanco cerca de Ekaterimburgo forzaron la decisión de la ejecución.

La noche del 17 de julio de 1918, en el centro de Ekaterimburgo, en el sótano de la casa Ipátiev, los presos —Nicolás, la zarina, sus cinco hijos y unos sirvientes (en total 11 personas)— fueron fusilados sin juicio.

Recuerdos de M. A. Kudrin, un participante en el fusilamiento:

“Los Románov están tranquilos, ninguna sospecha. Nicolás II y la zarina nos miran atentamente como a alguien nuevo en esta casa… Entra precipitadamente Yurovski y se pone a mi lado: ‘¡Les pido a todos que se levanten!’.”

“Con ligereza, a la manera militar, se levantó Nicolás II… Entró en el cuarto y se puso enfrente de la emperatriz y sus hijas un grupo de letones. La zarina se santiguó. Yurovski: ‘Nikolái Alexándrovich, las tentativas de sus partidarios de salvarlos han fracasado y ahora, en este momento tan duro para la República soviética, tengo la misión de acabar con la casa de los Románov’.”

“Nicolás II tartamudeó rápido: ‘¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Qué es esto?’.”

“Yurovski quiere responderle pero ya he disparado y le he metido la primera bala al zar. Yurovski y Yermakov también disparan. Después de mi quinto tiro Nicolás II cae de espaldas.”

“Silencio. Me pitan los oídos. De repente, de un rincón de la habitación, donde se mueve una almohada, se oye un grito alegre: ‘¡Gracias a Dios! ¡Dios me ha salvado!’.”

“Tambaleándose, se levanta una sirvienta ilesa. Se había tapado con las almohadas, donde se quedaron las balas. Los letones han vaciado todos sus cartuchos, dos de ellos se acercan a la mujer y le clavan las bayonetas. De su grito agónico vuelve en sí y gime levemente herido el príncipe Alejo, está en una silla. Se le acerca Yurovski, y le mete las últimas tres balas de su máuser. El joven calla y cae a los pies de su padre… Ahora todos están sin señales de vida.”

El amanecer del 17 de julio de 1918 los restos de la familia real y sus fieles servidores fueron transportados de forma secreta a un lugar llamado Gánina Yama y lanzados a los pantanos de la mina que se ubica en esa zona. Poco tiempo después sus cuerpos fueron sacados y descuartizados y después eliminados con fuego y ácido sulfúrico. Una semana después, el Ejército Blanco puso en marcha una investigación sobre la suerte de la familia real. Un extenso informe llegó a la conclusión de que sus restos habían sido incinerados en la mina ya que se encontraron evidencias de disparos y huesos carbonizados pero no había señales de los cuerpos. Así, los bolcheviques, dándose cuenta de que el sitio del entierro ya no era un secreto, habían vuelto para trasladar los cuerpos a otro lugar.

En 1979, cerca de Ekaterimburgo, fueron descubiertos los restos de la familia imperial (excepto los cuerpos de Alejo y Anastasia). La autenticidad de los restos, cuya investigación empezó en 1991, planteó dudas. Los cuerpos fueron examinados en EE. UU., Gran Bretaña y Rusia después de que el Gobierno tomara la decisión de enterrarlos en la catedral de San Pedro y San Pablo de San Petersburgo. La ceremonia se celebró el 16 y el 17 de julio de 1998.

En 2000 los miembros de la familia imperial fueron canonizados por la Iglesia ortodoxa de Rusia.

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