Vasili Golovnín

Vasili GolovnínV. Sokolov Shirshov

Quizá muchos de los que están interesados en las exploraciones antárticas conozcan el rompehielos de bandera rusa Vasili Golovnín, y seguramente este nombre se conocerá en la Armada argentina, que en reiteradas ocasiones contrató este potente buque de exploración polar, digno heredero de la fama de la persona cuyo nombre lleva la nave.

Carrera militar

Nacido el 8 abril de 1776 en el seno de una familia noble pero pobre, el joven Vasili Golovnín quedó huérfano a la edad de 10 años. A los 13 años sus parientes cercanos lo llevaron a la escuela naval. A los 14 años, a bordo del buque de línea No Me Toques, el chico tuvo su bautismo de fuego durante la guerra ruso-sueca de 1788-1790 al participar en dos batallas marítimas de las que salió galardonado por su valentía con una medalla de oro.

A pesar de la medalla y sobresalientes notas al término de los estudios, tuvo que permanecer en la escuela un año más debido a que el reglamento de entonces no permitía ascender a oficiales a las personas que no cumplieran los 18 años. El joven marino no desperdició ese año y se dedicó a profundizar en sus conocimientos de historia, física, etc., además de inglés, francés y sueco. Desde muy joven Vasili daba muchísima importancia al dominio de idiomas, y no solo del francés, habitual en aquella época para la aristocracia rusa y mundial. Durante la campaña de la flota rusa en alianza con Inglaterra llegó a cumplir tareas de traductor para el almirante ruso Janikov. Muchos años después, al ser asignado subdirector de la escuela naval en la cual había estudiado, el afamado navegante Vasili Golovnín mandaría redactar para los cadetes un manual de lengua española.

Tras concluir la escuela en 1793 y una vez ascendido a oficial, Vasili participó en las campañas de la flota rusa del Báltico en el mar del Norte y cerca del litoral de Inglaterra.

Pero antes, cuando el almirantazgo ruso decidió la suerte del joven alférez de navío Golovnín, la Convención francesa decidió la suerte del rey Luis XVI. Justo aquel día de enero de 1793, día en el que Vasili se presentó ante sus comandantes con motivo de su ascenso a oficial, el rey francés fue guillotinado.

Las miradas de todo el mundo recayeron en Francia, unas con odio, otras con admiración. La política del continente europeo siempre había estado relacionada con el país galo y, tras la Revolución, Francia se convirtió en objeto de agresión de la monarquías europeas: Reino Unido, imperios ruso y austriaco…

A pesar de los esfuerzos de Gran Bretaña por involucrar al Ejército ruso en el conflicto, la emperatriz Catalina la Grande prefirió concentrarse en Europa, donde tres monarquías (rusa, prusiana y austriaca) estaban desgarrando Polonia. Un flojo hombre con férreo carácter, el capitán general Suvórov, asaltó y tomó Varsovia y fue ascendido por Catalina II a mariscal de campo. Preocupada por el reparto de la “tarta polaca”, Catalina mantuvo al Ejército de tierra ruso cerca de la frontera, pero decidió ayudar a Inglaterra en el mar.

Rumbo a Inglaterra zarpó una escuadra rusa bajo el mando del almirante Janikov. Fue la tercera campaña en la que Golovnín participaba, esta vez como alférez de navío. En aquella campaña la flota rusa, en alianza con Gran Bretaña, bloqueó la isla holandesa de Texel, base naval de la flota holandesa, aliada de Francia.

Allí mismo los marineros rusos fueron testigos de la sublevación de dos flotas británicas que participaban en la campaña (salvo dos naves). La rebelión estuvo originada por el maltrato a los marineros, común en todas las flotas de la época, pero aún más feroz en la Armada de Inglaterra. Los insurrectos demandaban suavizar el bárbaro sistema de castigos, la expulsión de la flota de oficiales sádicos y el aumento de los miserables salarios de los marineros. Lo primero que hizo el Gobierno fue privar a los buques de los sublevados de aprovisionamiento. Ya que, obviamente, los sublevados no querían morir de hambre, bloquearon los accesos al río Támesis y comenzaron a vaciar los barcos que entraban y salían de Londres. El Támesis estaba bloqueado y el litoral oriental de Inglaterra desprotegido; el almirante de la flota holandesa podía fácilmente dejar el sitiado Texel y desembarcar sus tropas en Inglaterra. La misma oportunidad tenía la flota de Francia. En este contexto los lores del almirantazgo británico se humillaron hasta entablar negociaciones con los sublevados y rogar a Rusia que no retirase su flota y de este modo “brindar a Inglaterra la más grande ayuda de que las que ha recibido de una nación o de un Estado”.  

Durante aquella campaña de 1799 Golovnín fue ascendido a teniente de flota. En 1802, como parte del grupo de los doce oficiales más preparados y de futuro más promisorio, fue enviado a Inglaterra en calidad de “voluntario” de la Armada británica para conocer la organización y todos los avances de la entonces flota más fuerte del mundo.

Lamentablemente en su autobiografía Golovnín es muy breve y tan solo se limita a informar de que sirvió en distintos barcos británicos y en distintos mares hasta 1805. Pero recordemos que eran años de guerra… guerra contra Francia y sus aliados marítimos tan fuertes como España. En cuatro años de guerra el teniente Golovnín sirvió en siete embarcaciones militares bajo el mando de William Cornwallis, Cuthbert Collingwood y Horatio Nelson. El héroe de Trafalgar y Abukir alabó a Golovnín. Cuthbert Collingwood, amigo y compañero de armas de Nelson, confirmó sus alabanzas. No fue mera cortesía de afamados almirantes con respecto de un voluntario de la lejana Rusia. Después de un combate que terminó con abordaje, el capitán de la fragata Fisgard escribió que el voluntario ruso Golovnín “combatió con extraordinaria valentía y fue tan afortunado que quedó a salvo”. Cualquier oficial haría alarde de estas recomendaciones como de una medalla, pero Golovnín (en su autobiografía) no lo mencionó.

La realización de un sueño

En 1806 el teniente regresa a Rusia y muy pronto asume su primer mando de un buque. A la edad de 31 años la mitad de su vida la había pasado en campañas bélicas y combates; tuvo suerte de seguir con vida, pero ya estaba cansado de combates.

Ahora le tocaba hacer realidad su sueño: circunnavegar el mundo al mando del balandro Diana, de 14 cañones de cobre, 4 carronadas y 60 marineros de tripulación. Pero esta vez su buque no iba a la batalla.

El mismo año en el que el teniente Golovnín regresó del extranjero, volvieron a Kronshtadt, la principal base naval rusa, dos buques, el Nadezhda, bajo el mando de Iván Kruzenshtern, y el Neva, bajo el mando de Yuri Lisianski, ambos antiguos voluntarios y cadetes de la escuela naval de San Petersburgo. Los capitanes regresaron con fama tras efectuar entre 1803 y 1806 la primera circunnavegación rusa alrededor del mundo.

Empezaba la época de las expediciones rusas alrededor del mundo y muchos capitanes ardían en deseos de ganarse la gloria de ser los primeros exploradores.

Pese a ausencia de contactos y parientes influyentes, los almirantes dieron preferencia a Vasili Golovnín, reconociendo así los anteriores meritos y la rica experiencia del oficial (por cierto, de su experiencia como voluntario en Inglaterra no llevó a casa recuerdos del país, sino el detallado estudio Notas comparativas sobre el estado de las flotas rusa y británica). No cabía la menor duda de su gran experiencia práctica, mientras que los elogios de Nelson y Collingwood reforzaban su candidatura.

Haciendo caso a las recomendaciones del Ministerio de la Marina, el emperador Alejando I regaló a Golovnín un anillo con una piedra preciosa y una suma de dinero por su manual Señalización naval en horas diurnas y nocturnas (usado posteriormente por la Armada rusa durante 25 años).

Golovnín seleccionó personalmente la tripulación del Diana. Para el cargo de primer asistente de capitán fue asignado su amigo personal de toda la vida y antiguo compañero de estudios Piotr Rikord. De sesenta voluntarios, Golovnín se equivocó en uno solo, el alférez de navío Fiódor Mur, mientras que a su amigo, al teniente Piotr Rikord, le acabó debiendo la vida.

Primer cautiverio

El Diana zarpó de Kronshtadt en julio de 1807. Ese mismo mes el emperador ruso Alejandro I y el emperador Napoleón se abrazaron en una suntuosa balsa montada en medio del río Niemen. El encuentro se mantuvo en Tilsit, “fascinados” el uno con el otro, pero más bien fascinados con la idea de repartirse el mundo. Y ambos traicionaron a sus aliados: Alejandro, a Inglaterra; y Napoleón, a Suecia y Turquía. Parte de sus acuerdos era la participación rusa en el “bloqueo continental” de Inglaterra.

Los marineros desconocían los acuerdos imperiales que se guardaban en secreto. En septiembre y octubre Diana estaba atravesando mares europeos. En noviembre se dio a conocer la ruptura de las relaciones de Rusia con Gran Bretaña.

La Armada británica emprendió acciones bélicas en las comunicaciones marítimas rusas en los mares Báltico, Mediterráneo, Adriático y de Barents, así como en el Atlántico, capturando buques rusos con cargas valiosas (sobre todo les interesaban las cargas que se repartían entre todos los tripulantes de los buques británicos, según el cargo de cada marinero, cosa que bien sabía el ex voluntario Golovnín y en lo que seguramente había participado antes)

Previendo tal posibilidad, Vasili Golovnín recibió con ayuda del embajador ruso en Inglaterra cuando su nave estaba en el puerto y base militar de Portsmouth, un pasaporte especial que se expedía a las expediciones con fines científicos y para realizar descubrimientos geográficos.

El 18 de abril de 1808 los marineros rusos llegaron hasta el cabo de Buena Esperanza y dos días después Diana atracó en el puerto de Simonstown, entonces colonia inglesa en la provincia del Cabo (actual República Sudafricana). Y ahí mismo fue detenido. Curiosamente, la fragata que estaba atracada cerca, se encontraba bajo el mando de capitán Corbet, antiguo capitán de una fragata británica en la cual sirvió Golovnín. El mismo Corbet cumplía las funciones del almirante británico, en ausencia de este último.

Pese a su pasaporte y pese a que a Golovnín lo conocían personalmente y respetaban tanto el capitán Corbet como el vice almirante Bertie (comandante de la escuadra inglesa), el buque ruso fue retenido allí durante casi un año. Se agotó la comida, pero al almirantazgo británico seguía sin responder a las múltiples solicitudes de Golovnín y sin dejarle vender partes de la nave (pensando que pronto podría convertirse en propiedad británica) para reponer el almacén de alimentos, que ya estaban racionados para toda la tripulación, oficiales incluidos.

Finalmente, tras una detallada preparación y paciente espera de un viento apropiado, Diana pudo escapar. Un buque solitario, “escoltado” por una escuadra y baterías montadas en el litoral, durante un fuerte noroeste y poniendo con fenomenal rapidez solo velas de estay (velas triangulares envergadas solo al palo o al palo y a un mastelerillo, que servían en caso de tempestades) y cortando cables de anclas salió al mar, al encuentro con la libertad… y el hambre, porque, para no revelar sus intenciones, Golovnín no se había atrevido a comprar alimentos por estar muy controlado.

Investigaciones científicas

En su circunnavegación de Nueva Holanda (actual Australia), la “hambrienta” Diana se dirigió a las islas Híbridas. Los marineros y oficiales trabajaban día y noche. Finalmente el balandro abordó la isla de Tanna, tierra nunca pisada por navegantes desde que por allí pasara el famoso James Cook. Solo allí la expedición pudo reponer sus reservas de comida y descansar. Golovnín dejó muy interesantes notas sobre la vida cotidiana y los hábitos de la población local (muy respetuosas hacia los “bárbaros”, a diferencia de los demás navegantes).

En septiembre de 1809 la expedición de Golovnín llegó a la tierra rusa de la península de Kamchatka. Golovnín pasó allí dos inviernos, estudiando y levantando mapas. Allí mismo le llegó la noticia de que había sido galardonado por dos prestigiosas órdenes: la de San Jorge “por 18 campañas navales” y la de San Vladímiro “por un feliz fin de viaje plagado de muchas dificultades”.

En la primavera de 1810 el Diana zarpó hacia las costas americanas a las tierras que eran propiedad de la Compañía Ruso-Americana, baluarte de la influencia rusa en el Pacífico, para transportar alimentos.

Segundo cautiverio

Para el año siguiente Golovnín fue enviado a describir y levantar mapas de las islas Kuriles, Aleutianas y parte del litoral del Pacífico y establecer las coordenadas geográficas de sus puntos principales. Para cumplir este objetivo, Golovnín estudió durante varios meses las islas Kuriles, hasta anclar, en julio de 1811, en la isla de Kunashir. Con dos oficiales (uno de ellos el mencionado alférez de navío Mur), tres marineros y un traductor (oriundo de una tribu local que hablaba japonés) el capitán desembarcó y fue invitado por el gobernante japonés a la fortaleza… Durante una ceremonia del té todo el grupo fue inmediatamente apresado y severamente atado con cuerdas.

Pero es necesario conocer algunos antecedentes de esta historia. “Todo el Ejército y la guardia conocía la amistad y las aventuras de los tenientes de la flota Davýdov y Jvostov…”, escribió Faddéi Bulgarin, un gran canalla e interesante cronista de la época. Golovnín los conocía. Juntos habían servido en la escuadra que navegaba cerca de las costas de Inglaterra. Pero después sirvieron en los antípodas: Golovnín salió de voluntario hacia el Oeste, mientras que los amigos se marcharon a servir al Este, a la Compañía Ruso-Americana, movidos por grandes salarios, “salvajes”, riesgo, deseo de gloria… Navegaron mucho y con éxito y mostrando aptitud y valentía. El año en el que el Diana de Golovnín zarpó a su larga expedición, los bravos tenientes aparecieron en las aguas cerca de las islas Kuriles: Jvostov en el barco Yunona y Davýdov en el Avos. Pero no se presentaron como investigadores de hidrografía, sino más bien como sacerdotes del dios guerrero Marte.

Pasó lo siguiente: un tal Nikolái Rezánov, con uno de los directores de la Compañía Ruso-Americana y poseedor del título de chambelán real, fue encargado de establecer relaciones diplomáticas con el País del Sol Naciente, pero fracasó. Japón vivía aislado del mundo. Los japoneses tenían prohibido entablar cualquier tipo de relación con europeos. Los únicos que pudieron “infiltrarse” fueron los negociantes holandeses. Cuando los japoneses dieron calabazas a Rezánov, el chambelán real se sintió ofendido y eligió como herramienta de su venganza a los bravos tenientes. Claro que en las instrucciones que les dejó (por cierto, bastante vagas) antes de partir a San Petersburgo (adonde no pudo llegar pues falleció en la travesía) les explicó que se trataba de una ofensa a Rusia. Los tenientes las entendieron de modo muy claro y se lanzaron contra el litoral de las islas Kuriles; al desembarcar, los destacamentos de marinos rusos quemaron y saquearon las tierras del País del Sol Naciente… muy conscientes de la distancia que los separaba de la capital rusa. Sin embargo, al pasar el tiempo el Gobierno ruso se enteró de lo ocurrido. Mientras una comisión investigaba el caso, ambos tenientes fueron enviados a la guerra contra Suecia que terminó con la incorporación de Finlandia a Rusia. Como era de esperar, mostraron mucha valentía y fueron propuestos para los correspondientes galardones. El emperador Alejandro I respondió: “La denegación de condecoraciones por Finlandia servirá para estos oficiales de castigo por sus arbitrariedades contra los japoneses”. Muy pronto ambos fallecieron de la siguiente manera... se organizó una buena noche de juerga en San Petersburgo junto con el capitán estadounidense Wolf (a quien hacía tiempo Rezánov había comprado Yunona). Estando ya bastante ebrios, por la noche los tenientes se dirigieron a casa. El puente de San Isaac estaba levantado para permitir el paso a los navíos mercantiles. Ambos tenientes saltaron a un barco para de allí saltar al otro extremo del puente… nadie los volvió a ver.

Ahora le tocó a Golovnín pagar el pato. La “expedición” de Jvostov había inquietado a Japón, que decidió “estudiar a su enemigo”. Quizá ello fuera la otra causa, además de la venganza, de la captura de los marineros rusos. Un capitán prisionero podría ser una perfecta fuente de información sobre Rusia. Muy pronto los marineros rusos fueron trasladados de la isla de Kunashir a la isla de Hokkaido, donde todos fueron encarcelados. Confinaron a Golovnín en una celda aislada, muy húmeda y sin luz. Además el capitán ruso se vio sometido a duraderos y frecuentes interrogatorios.

Los japoneses trataban de obtener más información sobre Rusia, mientras que Golovnín estaba estudiando Japón desde su cautiverio, dejando apuntes sobre todo lo observado. Privado de la posibilidad de tomar apuntes escritos de sus observaciones, Golovnín utilizó un complicado sistema de hilos de distinto color, sacados de su uniforme para memorizar la información. Después el ingenioso marino enlazó estos hilos en un nudo. Solo gracias a este “diario” Golovnín pudo redactar, tras su regreso a Rusia su extraordinario libro Memorias del capitán de flota Golovnín sobre su cautiverio en Japón en 1811, 1812 y 1813, publicado en 1818 y muy pronto traducido y publicado a casi todos los idiomas europeos. El libro contenía un material de enorme importancia para Europa sobre los hábitos y la cultura japonesa. Fue el primer estudio detallado sobre esta terra incognita para los europeos.

¿Qué hizo el Diana? El teniente Rikord tomó el mando y al oír gritos y disparos y ver que todos los japoneses desaparecieron de la costa sospechó que algo había pasado. El balandro se acercó a la costa pero la artillería japonesa abrió fuego. Muy pronto los cañones rusos destruyeron la batería japonesa, pero al ganar este duelo artillero Rikord en realidad no ganó nada, puesto que los japoneses se encerraron en la fortaleza, deseosos de resistir todos los ataques. Los marineros rusos estaban dispuestos a desembarcar pero el teniente tuvo que contenerlos: toda la tripulación del Diana consistía en apenas 50 personas.

Mientras tanto, Golovnín y sus compañeros tampoco permanecieron con los brazos cruzados. Varios meses después pudieron huir de su cárcel (excepto el alférez Mur, quien no aguantó las penurias del cautiverio, empezó a colaborar con los japoneses e incluso les solicitó que le permitieran ingresar a su servicio). Durante nueve días los prófugos anduvieron por el monte, evitando incluso hacer fuegos para calentar la comida. Cuando el capitán no pudo andar (tenía lesionada la rodilla), los marineros lo llevaron sobre sus hombros, muestra de la gran estima en que lo tenían sus subordinados (compárese con lo sucedido cuando su anterior superior, el capitán Cruz —profesionalmente muy hábil y valiente—, se vio en el agua tras el hundimiento de su buque: desde la lancha que estaba rescatando a marineros, estos le pegaron en la cabeza con un remo).

Más tarde Rikord intentó recurrir a la ayuda del Gobierno ruso, pero San Petersburgo le dio a entender que tenía otras preocupaciones ante la inminente invasión napoleónica. Sin embargo, Rikord fue nombrado gobernador de Kamchatka y al año siguiente volvió a las islas Kuriles con mayores fuerzas: dos barcos y un comando especial de infantes de marina… Los japoneses le provocaron diciendo que su amigo y los demás rusos capturados ya estaban muertos. Cuando Rikord, deseoso de venganza, empezó a preparar un comando “punitivo” para desembarcar y comenzó a interceptar barcos japoneses, se enteró a través de un conocido comerciante japonés, Takadai Kohei, interceptado junto con su barco, que todos los rusos estaban vivos pero se encuentraban en otra ciudad. Muy pronto Rikord y Kohei se hicieron amigos. Con Kohei como intermediario (hombre muy influente en Japón —la facturación anual de su casa comercial era comparable a la de todo el presupuesto de ese país—) empezaron las negociaciones sobre la liberación de los prisioneros rusos que terminaron con la puesta en libertad de los marineros, un hecho sin precedentes ya que anteriormente Japón nunca había liberado prisioneros. En octubre de 1813 terminó el cautiverio de Golovnín y sus compañeros tras casi 27 meses en prisión.

Reconocimiento y nuevos horizontes

En 1814, 7 siete años después, la expedición de Golovnín regresó a San Petersburgo con riquísima información recogida en casi todas las áreas.

Aquel año, año del regreso de las victoriosas tropas rusas del país, la capital imperial vio a muchas personas afamadas, pero incluso entre ellos la situación del marino era muy notable, siendo él quizá el único ruso que había estado en un país tan incomprensible y misterioso como Japón. Ascendido a capitán de fragata, incentivado por una pensión anual de 1500 rublos (en aquel entonces el precio de una vaca eran 3-5 rublos) y lleno de energía, el capitán se puso a trabajar. Casi todos los marineros son malos escritores, pero muy honrados y detallistas. Muy pronto sus memorias se tradujeron y editaron en varios Estados europeos.

En 1814 Golovnín fue asignado comandante de otra expedición alrededor del mundo en el balandro Kamchatka… y con Kamchatka como punto principal.

El 21 de septiembre el Kamchatka zarpó de Kronshtadt y al cabo de 58 días cruzó el ecuador. En junio del año siguiente el balandro atracó en la isla de Kadiak, zona de operaciones comerciales de la Compañía Ruso-Americana. En la segunda quincena de agosto de 1818, en California; octubre de 1818, islas Hawai y Filipinas.

En septiembre del año siguiente el “Kamchatka” regresó a Kronshtadt. Cada punto y cada país estaban detalladamente descritos. Los mapas eran precisos. Al igual que en sus anteriores expediciones, Golovnín dejó un minucioso estudio de cada país y de cada pueblo, de sus riquezas naturales, de su estructura social, cultura y carácter. En los dos años y diez días que duró la circunnavegación el barco no perdió ni una sola vela ni tuvo daños en la arboladura. Por disposición del emperador se editó en 1822 otro estudio, de dos volúmenes.

En 1821 Golovnín fue designado director auxiliar de la escuela naval, y más adelante, en 1823 asumió el cargo del general-intendente de la flota. Al cargo de la construcción y armamento de la flota Golovnín mostró su talento de administrador. En los 7 años que le quedaban de vida, bajo su mando y supervisión directa en los astilleros del mar Báltico y en la ciudad de Arjánguelsk se construyeron 26 buques de línea, 26 fragatas y muchos barcos más pequeños, incluyendo el primer buque de vapor ruso.

Sus discípulos fueron navegantes tan famosos como Fiódor Petróvich Litke, Ferdinand Vránguel (más conocido como “Wrangel”) o Fiódor Matiushkin.

El célebre navegante murió durante una epidemia de cólera en San Petersburgo en 1831.

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