Pedro III

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El historiador Nikolái Karamzín escribió sobre Pedro III: “Los europeos fueron engañados porque valoraron la gestión del zar ruso desde el punto de vista de sus enemigos mortales. El juicio de la historia le va a reprochar sus numerosos errores. Sin embargo, el error que lo mató tiene un nombre: debilidad”.

Por su parte, el historiador Serguéi Soloviov destacó que “Pedro presentaba todos los síntomas de desarrollo espiritual retardado. Fue un bebé adulto”.

El trono ruso en vez del sueco

192 decretos en 186 días

El error estratégico

En guardia

No hay emperador, no hay problemas

Cuarenta impostores

El trono ruso en vez del sueco

En 1742 la emperatriz rusa Isabel I, que no tuvo hijos, proclamó heredero a su sobrino, nieto del zar Pedro I e hijo de Ana, la hermana mayor de la emperatriz, el príncipe prusiano Carlos Pedro Ulrico de Holstein-Gottorp. El muchacho, que nació el veintiocho de febrero de 1728, fue trasladado desde tierras alemanas a Rusia, donde abrazó la fe ortodoxa y fue bautizado con el nombre de Pedro (en ruso “Piotr”). En realidad, el príncipe se preparaba para ser el futuro rey de Suecia y el viaje a Rusia no le fue de mucho agrado.

Tampoco le gustó el matrimonio con Sofía de Anhalt-Zerbst. La princesa alemana también se convirtió a la fe ortodoxa bajo el nombre de Catalina. El matrimonio fue infeliz: a pesar de tener dos hijos, Pablo (1754-1801) y Ana (1757-1759), los cónyuges mantenían relaciones extramatrimoniales. Los historiadores afirman que Catalina tuvo un hijo con el conde Grigori Orlov, mientras que Pedro no ocultaba su amor por la aristócrata rusa Yelizaveta Vorontsova.

De todos modos, al morir en 1761 la emperatriz Isabel, el príncipe accedió al trono del Imperio ruso con el nombre de Pedro III.

192 decretos en 186 días

El nuevo emperador enseguida inició una febril actividad burocrática. De su palacio salieron 192 decretos, disposiciones y cartas oficiales. Pedro III suspendió las actividades de la Cancillería Secreta —servicio secreto del imperio—, fundó el Banco Central y promovió el decreto sobre la libertad de creencias religiosas.

Uno de los decretos más importantes fue el titulado Sobre las Libertades de la Nobleza. A los aristócratas rusos se les eximió por completo de la prestación de servicios al Estado, tanto militares, como civiles (en la época de Pedro I estaban obligados a servir toda la vida y durante el reinado de Ana I, veinticinco años como mínimo). También se le permitió a la nobleza salir libremente al extranjero.

Mientras estas reformas eran observadas con agrado, los cambios en el papel de la Iglesia ortodoxa rusa no gustaron al clero: los sacerdotes se convirtieron en funcionarios del Estado con salario fijo, una medida que, junto con la política de secularización de bienes de la Iglesia, condujo a que esta retirase su apoyo al nuevo zar. A Pedro III lo acusaron también de despreciar la lengua y, en general, la cultura rusa, sustituyéndolas por las tradiciones alemanas.

Entre los planes de la reforma militar figuraba la evacuación completa de las tropas de élite de la capital del imperio a los campos de batalla junto con el ejército regular. El zar no confiaba en las tropas de élite, que ya habían protagonizado el golpe de Estado que instaló en el poder a Isabel.

Para promover todos estos cambios el destino concedió a Pedro III 186 días de poder.

El error estratégico

El príncipe Pedro pasó sus años de juventud entre la corte prusiana y su guardia personal estaba compuesta por militares procedentes de Schleswig-Holstein. Al subir al trono, Pedro III comenzó a repartir entre ellos los puestos claves en la administración civil y militar.

Pero el error estratégico más grave fue firmar la paz con Prusia, con la que el Imperio ruso estaba sumido en la Guerra de los Siete Años (1756-1763). El emperador ordenó que el Ejército ruso, que ya había llegado a las puertas de Berlín, detuviera su avance, firmó la paz con el emperador prusiano Federico II el Grande y le devolvió todos los territorios conquistados por Rusia durante la guerra.

En Rusia calificaron la rendición ante los prusianos de acto de alta traición. De hecho, tras entregarle a Prusia todos los logros de la inminente victoria, Pedro III ordenó los preparativos militares para apoderarse, junto con el ejército de su anterior enemigo, del territorio de Schleswig-Holstein, región natal del emperador y que en aquel entonces estaba en poder de Dinamarca.

Pero no fueron los cambios en la política exterior lo que hizo explotar la paciencia de los enemigos de Pedro III. Posiblemente, la gota que colmó el vaso fuera una riña pública con su esposa. Ebrio, el zar insultó a Catalina, la acusó de adulterio y la obligó a retirarse al palacio de Peterhof, en los alrededores de San Petersburgo.

En guardia

Se afirma que desde mayo de 1762 el emperador recibía denuncias sobre el complot que tramaba su esposa; sin embargo, paradójicamente, no hizo nada para evitar la destitución. Se afirma que estaba dominado por ataques de histeria y de horror.

El veintiocho de junio de ese mismo año se dirigió al palacio de Petershof pero Catalina ya se había refugiado en el cuartel general de las tropas de élite en San Petersburgo y organizado el alzamiento de la guardia imperial. La esposa de Pedro III se proclamó emperatriz de Rusia y obligó al zar a abdicar. Algunos historiadores afirman que en el acta de abdicación, Pedro III nombraba a su hijo Pablo heredero bajo la regencia de Catalina; sin embargo, en el manifiesto oficial no figuraban estas menciones.

No hay emperador, no hay problemas

Pedro III solicitó a Catalina el permiso para regresar a Holstein junto con su amante Yelizaveta Vorontsova. Sin embargo, la nueva emperatriz y sus cortesanos se daban cuenta del peligro que podría representar el monarca desterrado. El siete de julio de 1762 los súbditos de la emperatriz rusa recibieron la noticia de que el emperador destituido había fallecido “por problemas hemorroidales derivados del abuso del alcohol”.

Los escasos asistentes al modesto entierro se fijaron en el pañuelo que cubría el cuello de Pedro III. Se susurró que la prenda ocultaba marcas de estrangulamiento: supuestamente, el emperador habría muerto a manos de los hermanos Orlov. Catalina oficialmente no estuvo presente en la ceremonia fúnebre pero algunos contemporáneos afirman que se despidió de su cónyuge en secreto. El ex emperador fue enterrado en el panteón del cementerio de Alejandro Nevski de San Petersburgo.

Durante el reinado de Catalina II, Pedro III permaneció en el olvido. Fue su hijo, Pablo I, quien resucitó la memoria del emperador, exhumando y trasladando sus restos mortales al panteón imperial de la catedral de Pedro y Pablo en la fortaleza que lleva el mismo nombre. Pedro III fue sepultado en la catedral de la fortaleza el mismo día que fue enterrada su pérfida esposa, Catalina II. Más tarde Pablo I echó abajo la mayoría de las reformas de su madre y regresó a la política prusiana de su padre.

Cuarenta impostores

Los impostores imperiales fueron cosa común y corriente desde la época del Imperio romano. En Rusia hubo varios en el periodo histórico conocido como la Época de las Revueltas. Sin embargo, el número de falsos Pedros III batió todos los récords: desde 1764, cuando fue denunciado el primer impostor, hasta 1797, cuando apareció el último, un total de cuarenta personas afirmaron ser el emperador Pedro III, que milagrosamente se había salvado de los planes de sus asesinos.

El más famoso y más emprendedor fue Yemelián Pugachov. Nacido en 1742 en una familia de cosacos del río Don, se proclamó Pedro III en 1772. Un año después se puso al frente de las tropas de cosacos y campesinos y combatió exitosamente contra el ejército imperial hasta 1775, cuando fue hecho prisionero y decapitado en la plaza Bolótnaya de Moscú. Curiosamente, el impostor era analfabeto, lo que no le impidió fingir procedencia noble y atraer a miles de seguidores con sus promesas de justicia social y, en especial, de reparto de tierras y propiedades de la nobleza. El famoso poeta ruso Alexandr Pushkin estudió el fenómeno de Pugachov en su novela La hija del capitán y en una monografía histórica.

El primer impostor apareció en 1764 y fue un comerciante arruinado. Lo castigaron con latigazos y lo desterraron para siempre a Siberia. Generalmente, a esta parte remota del imperio eran confinados oficiales del ejército ruso, cosacos y campesinos, todos ellos falsos Pedros III. En Europa los impostores aparecieron en cuatro ocasiones, en especial, en el territorio de Montenegro.

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