Pintura rusa de la segunda mitad del siglo XIX

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En la segunda mitad del siglo XIX los directores de la Academia Imperial de las Artes, con sede en San Petersburgo, inculcaban por todos los medios disponibles el desarrollo de temas históricos, bíblicos y mitológicos, los paisajes italianizantes y los retratos de la nobleza. Sin embargo, un grupo de jóvenes artistas se rebeló…

Los “itinerantes”

—Credo artístico

—Pintores más destacados del movimiento

Vasili Vereschaguin

Iván Aivazovski

La “revuelta” contra los itinerantes

Apertura de pinacotecas rusas

LOS “ITINERANTES”

En 1863 varios jóvenes pintores en vísperas de su graduación en la Academia Imperial de las Artes fueron seleccionados para un prestigioso concurso, cuyo ganador obtendría una beca de seis años para trabajar y estudiar en Italia. La organización del concurso daba el tema del festín en el Walhalla; sin embargo, los jóvenes pintores solicitaron permiso para elegir con libertad el motivo de su obra. La nada sorprendente decisión de la Academia de denegar la solicitud de los concursantes originó lo que después se llamaría “la rebelión de los catorce”, curiosamente protagonizada por los trece jóvenes mejores graduados de la Academia (el decimocuarto decidió participar en el último momento pero este se anuló), que demostraron su renuencia al tema y condiciones del concurso.

En protesta contra la tajante negativa de aceptar sus condiciones, trece pintores, a los cuales se unió un escultor, demostrativa y públicamente abandonaron la Academia y solicitaron que se les entregasen diplomas de acuerdo con los méritos de la Academia que habían obtenido (todos habían sido galardonados con el premio a la excelencia académica). El escándalo llegó a oídos del emperador, Alejandro II, quien dispuso entregar a los graduados los diplomas correspondientes y, de paso, ponerlos bajo una secreta supervisión policial.

Al verse sin un estudio donde trabajar y sin dinero, los “rebeldes”, liderados por el eminente pintor Iván Kramskói, se unieron en una especie de comunidad: vivían todos en la misma casa, compartían las mismas ideas artísticas, se reunían todos en el mismo salón para tertulias... La idea que los unía era la representación de la realidad cotidiana y su exposición fuera de la Academia. Más tarde, ocho representantes del grupo de los catorce fueron nombrados miembros honoris causa de la Academia, mientras que uno de ellos, Karl Lémej, se convirtió en profesor de dibujo y pintura de los hijos del emperador Alejandro III, incluido el futuro zar Nicolás II.

Siete años después la comunidad se desintegró pero en 1870 surgió por iniciativa del pintor Grigori Miasoyédov la Sociedad de Exposiciones de Arte Itinerantes (peredvízhniki, “los itinerantes”, en ruso). La Sociedad incluía a los mejores artistas de San Petersburgo (Kramskói, Miasoyédov, Gue, etc.) y de Moscú (Perov, Prianíshnikov, Savrásov, etc.).

A diferencia de las sociedades existentes, los pintores y escultores “itinerantes” no se limitaron a publicar simples manifiestos de sus principios realistas, sino que se pusieron manos a la obra y comenzaron a organizar exposiciones y recorrer con ellas toda Rusia con un “itinerario” para que todos los ciudadanos, y no solo los residentes de San Petersburgo y Moscú, conocieran el arte de su país.

Credo artístico

A lo largo de su historia, entre las filas de los itinerantes figuraron casi todos los pintores rusos destacados de la segunda mitad del siglo XIX: Iván Kramskói, Iliá Repin, Vasili Súrikov, Vasili Perov, Nikolái Gue, Nikolái Yaroshenko, Vasili Polénov, Alexéi Savrásov, Iván Shishkin y Víktor Vasnetsov, entre otros.

En aquella época, los años sesenta y setenta del siglo XIX, la carga ideológica del arte se valoraba más que la estética. Tal vez el pintor más crítico de la sociedad fue Vasili Perov, con su Té en Mytischi. Algunos lienzos de Perov son de contenido verdaderamente trágico como La troika y Viejos padres en la tumba de su hijo.

El arte que cultivaban los rebeldes era un realismo a punto de transformarse en naturalismo en el que los pintores se dedicaban a presentar la imagen trágica de la realidad. Una sola historia independiente o una imagen representada en un cuadro abarcaba la vida entera de los grupos y clases sociales de la época.

El éxito de la Sociedad de Exposiciones de Arte Itinerantes fue sorprendente. Llegaron a organizar 48 muestras en San Petersburgo y en Moscú con una gran afluencia de público. Las exposiciones recorrieron asimismo la mayoría de las ciudades más importantes del Imperio ruso. Lo que más impactaba a los visitantes era el relato pictográfico de la vida cotidiana y de la historia del pueblo, las imágenes del país y de su naturaleza. Sus obras eran y realistas y los temas predilectos eran las historias costumbristas, el retrato y el paisaje.

Pintores más destacados del movimiento

Iván Kramskói (1837-1887) es conocido por sus retratos, en los que logró reflejar el alma de sus protagonistas, tanto de la gente común como de los intelectuales más destacados de la época, entre ellos Lev Tolstói, Nikolái Nekrásov, Mijaíl Saltykov-Schedrín, Iván Shishkin y Pável Tretiakov. Su retrato de Tolstói está considerado el mejor de todos los que le hicieron. La atenta mirada del escritor en el cuadro acompaña al espectador desde todos los ángulos de observación. Posiblemente el cuadro más impactante de Kramskói sea Cristo en el desierto, del que Tolstói afirmó que era el mejor retrato de Cristo que jamás hubiera visto.

Dos paisajistas figuran entre los itinerantes que más tarde formaron parte de la Academia: Iván Shishkin (1832-1898) y Arjip Kuindzhi (1842-1910). En aquel periodo arrancaba la hegemonía del paisaje como género artístico independiente (en el que reinaba el genial maestro del paisaje “psicológico”, Isaak Levitán) y predominaba el paisaje lírico “del estado de ánimo”, que tiene su origen de la simplicidad expresiva de Los grajos han vuelto, de Alexéi Savrásov y del Patio moscovita, de Vasili Polénov.

Los grajos han vuelto de Savrásov, que tanto impresionó a Alexéi Tretiakov, el fundador de la famosa galería, hizo que muchos pintores rusos, hasta hacía poco deseosos de plasmar los paisajes italianos, cambiaran de opinión con respecto a la naturaleza rusa.

La pintura de paisajes rusa del siglo XIX alcanzó su cima en la obra de Isaak Levitán (1860-1900). Persona tímida, humilde y vulnerable, Levitán se convirtió en el maestro de los paisajes tranquilos y apacibles, pero llenos de carga psicológica. Sus impresionantes lienzos convirtieron a Ples, ciudad de “tercera fila” en el río Volga, en verdadera meca de pintores y admiradores del paisaje ruso.

Iliá Repin (1844-1930), artista destacado en todos los géneros de la pintura y eminente escultor, se unió a los itinerantes en 1878.

La fama de Repin se extendió a raíz de su cuadro Los sirgadores del Volga (1870-73), una obra dedicada a los jornaleros que a mano, caminando por la orilla de Volga, remolcaban embarcaciones.

Por el cuadro El manifiesto de los cosacos de Zaporozhie al sultán de Turquía, creado entre 1880 y 1891, el zar Alejandro III pagó al autor 3500 rublos, un precio muy alto en aquella época.

Probablemente su pintura más impactante desde el punto de vista psicológico sea Iván el Terrible y su hijo (1885), donde el zar Iván IV abraza horrorizado a su hijo agonizante luego de haberlo golpeado y herido de muerte con su vástago en un momento de ira y rabia incontenible.

En lo que respecta al arte del retrato, que según las tradiciones del realismo ruso era el género más relevante, un resultado sin igual fue obtenido por Valentín Serov (1865-1911), genial retratista psicológico ruso, alumno de Iliá Repin y Pável Chistiakov.

El profundo conocimiento de la psicología y una técnica excelente caracterizan la mayoría de los cuadros de este genio del pincel.

Otro talento que dio fama a la pintura rusa del siglo XIX y que también participó en varias exposiciones de los peredvízhniki fue Vasili Súrikov (1848-1916), destacado artista del género de la pintura histórica, conocido por sus cuadros La mañana de la ejecución de los strelets, Ménshikov en Berézovo, etc., todos de enorme expresividad y colorido de época.

VASILI VERESCHAGUIN

Fuera de los movimientos más reconocidos de la época se sitúa el pintor Vasili Vereschaguin, el incansable viajero y entusiasta de las culturas asiáticas, valiente guerrero (caballero de la cruz de San Jorge por su valentía) y ardiente enemigo de las guerras, una de las cuales acabó con su vida.

Su biografía se lee como una novela, pero aún más impactantes son sus cuadros, tanto por su verdadero interés hacia la cultura de otros pueblos como por su auténtica animadversión a las guerras.

“Sus cuadros son el mejor testimonio del sinsentido de las guerras”, le dijo el káiser prusiano Guillermo II durante una visita a la exposición del pintor en Berlín. Y tenía toda la razón. “Dedico este cuadro a todos los conquistadores, habidos y por haber”, dice la inscripción hecha por el artista en el marco de Apoteosis de la guerra, su obra más emblemática, inspirada en las historias sobre Tamerlán.

El famoso mariscal de campo prusiano Helmuth Carl Bernard von Moltke, que también acudió a la exposición del pintor, prohibió a los oficiales prusianos visitarla.

IVÁN AIVAZOVSKI

Nacido en el seno de una familia armenia, este pintor vivió una larga vida (1817-1900) y fue uno de los pocos artistas cuyo talento fue reconocido (y bien pagado) en vida. Es el más famoso marinista ruso de todos los tiempos.

Pero pese a destacar en la pintura de marinas, también plasmaba paisajes, retratos y fue un músico de talento. Es conocida su generosidad por las donaciones a la ciudad de Feodosia, en la península de Crimea, donde gracias a sus aportaciones fue construida una galería del arte; además colaboró con considerables sumas a la construcción del museo arqueológico, la vía ferroviaria y el puerto local. Destaca su laboriosidad, que lo mantuvo al pie del caballete hasta su último día de vida. En total se conocen cerca de seis mil cuadros suyos.

Aivazovski trabajó en diferentes países y se convirtió en miembro honoris causa de varias academias del arte. A su regreso de París, donde obtuvo la medalla de oro de la Academia del Arte parisina, el pintor estuvo al borde la muerte durante una tempestad que se desencadenó en el golfo de Vizcaya. Su cuadro La novena ola es la obra marinista más conocida en Rusia y la más famosa del artista.

LA “REVUELTA” CONTRA LOS ITINERANTES

Sin embargo, la pintura de los itinerantes perdió su vigencia con el cambio de gustos estéticos y la aparición de la fotografía. Además el mismo paso del tiempo separó a los “correligionarios”, parte de los cuales (entre ellos algunos tan destacados como Repin y Kuindzhi) ingresaron en la Academia, la cual había comenzado a seguir nuevas tendencias artísticas.

Al igual que hacía casi cuarenta años, un grupo de jóvenes artistas, que se habían agrupado alrededor de Mir Iskusstva, “Mundo del Arte”, la revista fundada por el director teatral Serguéi Diáguilev y pintores como Lev Bakst y Alexandr Benuá, se atrevió a lanzar un reto a los ya afamados itinerantes. Y se formó la asociación artística Mundo del Arte, formada por pintores, escritores, críticos y músicos. El grupo promovió intensamente las nuevas tendencias del “arte puro”, exento de inclinaciones realistas o sociales, a través de su revista Mir Iskusstva y sus exposiciones.

Los miembros de este conjunto dirigido por Diáguilev y sus amigos criticaron el realismo, ya fuera en la literatura de Lev Tolstói o en la pintura de los itinerantes. Rechazaban el culto a la “vida y la verdad” como algo que había llevado al arte ruso de finales del siglo XIX a un estado de decadencia. El arte, según ellos, tenía que mostrar al propio artista, el arte debía nacer con independencia de la “utilidad” y abrir “la verdadera realidad” a un mundo de ilusiones.

Pero el auténtico florecimiento de esta corriente artística arrancó en el prometedor inicio del siglo XX.

APERTURA DE PINACOTECAS RUSAS

Muchos de los mejores cuadros de Repin, Súrikov, Levitán, Serov, etc. fueron seleccionados por Pável Tretiakov (1832-1898) para su colección. Descendiente de una antigua familia de comerciantes moscovitas, Tretiakov empezó a coleccionar obras de pintores rusos en 1856. Más tarde su afición se transformó en la dedicación de toda su vida y en la inversión de todo su dinero (que, por cierto, no era tanto). En 1892 Tretiakov legó su colección, junto con el inmueble que la albergaba, a la ciudad de Moscú. Hoy en día el museo se conoce como la Galería Nacional Tretiakov, uno de los centros de arte más importantes de Rusia y cuya colección se centra en la obra de los itinerantes.

En 1898 en San Petersburgo se fundó el Museo Ruso, otra gran colección de arte que se completó con los fondos del Hermitage, la Academia del Arte y con donaciones de emperadores rusos y miembros de la familia real. La fundación de estos museos fue reconocimiento definitivo a los logros de los pintores rusos del siglo XIX.

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