Nicolás I

Nicolás IRIA Novosti / Mijaíl Ozerski

Nicolás I nunca fue el favorito de los historiadores rusos: su gobierno, de unos treinta años, fue descrito como el “período sombrío”. El emperador comenzó su reinado con el ahorcamiento de cinco rebeldes nobles y el destierro de decenas de aristócratas a Siberia. En más de una ocasión envió a las tropas para sofocar las revoluciones en países europeos, por lo que fue apodado con sarcasmo “el gendarme de Europa”. Fue el censor personal del gran poeta ruso Alexandr Pushkin que, sin embargo, compuso sus más grandes obras precisamente en aquella época “sombría”. El Estado ruso, según el emperador Nicolás I, debía profesar la fe cristiana ortodoxa y el poder central obligatoriamente había de ser absoluto y apoyado por todo el pueblo.

Bebé, comandante honoris causa

Complacer sin tensiones especiales

Metralla a quemarropa

Nuevas leyes para el Imperio ruso

Gendarme de Europa

Bebé, comandante honoris causa

Nicolás nació el veinticinco de junio de 1796, fue el tercer hijo del emperador Pablo I y nieto de la emperatriz Catalina II. Los historiadores no creen que Nicolás recordara bien las circunstancias de la muerte violenta de su padre. Sin embargo, implícitamente su conducta demostraba el constante temor a las conspiraciones y las organizaciones clandestinas.

De niño, Nicolás tenía predilección por los juguetes militares: espadas y fusiles de madera. Entró en el servicio militar muy joven, cuando tenía apenas… seis meses de edad. Los miembros de la familia imperial desde bebés tradicionalmente eran nombrados comandantes honoris causa de las tropas de élite. A la edad de tres años el niño vistió el uniforme de coronel del regimiento de caballería imperial. Lo educaban para el futuro servicio militar y su formación estuvo en manos del general Matvéi Lamzdorf, un militar prusiano “severo, honesto y aficionado a las golpizas” para el mejor aprendizaje, como lo describió un contemporáneo del profesor.

El alumno destacó en el arte de las fortificaciones. En sus viajes por Rusia y sus visitas a Inglaterra, además de conocer la vida cotidiana, se interesó por las fortalezas, puentes y caminos. En 1817 se puso al frente de las tropas de zapadores del Ejército ruso. Fue un comandante duro: tenía la sospecha de que las tropas habían regresado a Rusia indisciplinadas e impregnadas del espíritu revolucionario después de permanecer en Europa durante las guerras napoleónicas y de conocer de cerca las libertades civiles. La sospecha se confirmó ocho años más tarde.

Complacer sin tensiones especiales

El primer día de julio 1817 Nicolás se casó con la hija del rey de Prusia, Federico Guillermo III, la princesa Federica Luisa Carlota Guillermina, quien adoptó la fe cristiana ortodoxa y fue bautizada con el nombre de Alejandra en honor a su padrino, el emperador Alejandro I. El zar donó a su hermano y a su cuñada el palacio de Ánichkov en San Petersburgo. Cuando Nicolás y Alejandra llegaron por primera vez a su residencia, el emperador y la emperatriz, de acuerdo con las tradiciones rusas, recibieron a los recién casados en el umbral con pan y sal y les bendijeron con un icono sagrado.

En el palacio de Ánichkov dio comienzo una ceremonia imperial que no sufrió cambios desde el año 1818 hasta el 1914. Se trata de los bailes que ofrecía la familia imperial en otoño e invierno. Los huéspedes se reunían en las salas del palacio a las diez menos cuarto de la noche. A las diez en la sala aparecía la familia real y con una señal de la orquesta de la corte comenzaban las danzas. A pocos minutos para la una de la madrugada se abrían las puertas a la biblioteca y a las salas del museo del palacio. Todos se sentaban a las mesas servidas con comida abundante. El baile duraba tres horas y quince minutos y la asistencia no sobrepasaba las 350 personas, entre las que se encontraban cuarenta oficiales de la élite imperial con buenas dotes para la danza.

Alejandra escribió en su diario que la nobleza de la capital de Rusia era muy amable, lo que animaba a invitar y alegrar a la gente: “Cuando una persona es joven y linda, cuando a una le gusta bailar, es fácil complacer a todos sin tensiones especiales”.

El matrimonio tuvo cuatro hijos y tres hijas. El hijo mayor, Alejandro, heredó la corona del Imperio ruso. Nicolás amaba al heredero pero lo educaba con severidad. Cuando recibía a huéspedes, solía enorgullecerse de su hijo pequeño de una manera especial: lo despertaba en el dormitorio, lo sacaba de la cama y lo ponía de pie. Al compás de un tambor le obligaba a caminar, diciendo que un soldado siempre debe estar listo para la marcha.

Nicolás realmente se convirtió en un militar ejemplar que no necesitaba comodidades. Siendo emperador durmió en camas duras cubriéndose tan solo con un capote de oficial, fue muy frugal en la comida y casi no tomaba bebidas alcohólicas. Siempre abogó por la disciplina y el cumplimiento estricto de las órdenes. Su modelo era el zar Pedro el Grande.

Metralla a quemarropa

El segundo hijo del emperador Pablo I era gran príncipe Constantino, quien tras la muerte de Alejandro I debería asumir el Gobierno. Sin embargo, en 1822 Constantino, después de divorciarse de una aristócrata rusa, se casó con una mujer polaca que no pertenecía a la nobleza real y perdió el derecho al trono. En una carta, el gran príncipe confirmó a Alejandro I que no tenía aspiraciones al trono y posteriormente el zar nombró en su testamento a Nicolás nuevo emperador de Rusia. En 1823 Alejandro I decretó que el contenido de estos documentos no se hiciera público hasta después de su muerte. El secreto estuvo a buen recaudo hasta noviembre de 1825, cuando el zar falleció.

El comandante de los zapadores del Ejército ruso tenía razones para sospechar que los oficiales subordinados profesaban ideales revolucionarios. En los años veinte del siglo XIX en Rusia estaban activas decenas de sociedades secretas formadas por la nobleza. Dos de ellas —la del norte y la del sur— elaboraron unos proyectos que transformarían al imperio en una monarquía constitucional o en una república.

Diez días después de la muerte del emperador Alejandro I las tropas juraron lealtad al gran príncipe Constantino. Mientras tanto, el Consejo de Estado hizo público el testamento del emperador: era Nicolás quién debería heredar la corona.

Constantino confirmó que escribió en 1822 la carta en la que renunciaba al trono pero no se pronunció claramente sobre la abdicación. Quizás estuviera al tanto del complot de las tropas de élite.

Estas aparecieron el catorce de diciembre de 1825 en la plaza del Senado de San Petersburgo. En vez de jurar lealtad a Nicolás, los rebeldes declararon que deseaban a Constantino como zar y que exigían, además, la promulgación de una Constitución.

Nicolás estaba dispuesto a cumplir el testamento de Alejandro I y envió a varios mensajeros para zanjar el conflicto con los rebeldes.

Estos mataron al héroe de las guerras napoleónicas Mijáil Milorádovich, quien había aparecido antes los rebeldes para confirmarles la abdicación del gran príncipe Constantino. Uno de los jefes rebeldes, Piotr Kajovski, le disparó y lo mató.

La respuesta de Nicolás fue rápida. La plaza del Senado fue rodeada por la artillería y la orden fue: “Abrir fuego con metralla a quemarropa”. Después de dos salvas los regimientos rebeldes se dispersaron. El zar asumió personalmente el juicio. Los cinco jefes de la revuelta fueron ahorcados (Piotr Kajovski dos veces, en la primera se rompió la cuerda), decenas de oficiales y civiles aristócratas desterrados a Siberia y batallones enteros de soldados fueron enviados también al exilio siberiano a realizar trabajos forzosos. Nicolás I aplastó lo que en la historia rusa se conoce como “el levantamiento de los decembristas”.

Las esposas de los aristócratas rebeldes, inspiradas por el amor y el deber, en numerosas ocasiones siguieron a sus cónyuges. Al encontrarse en Siberia perdían los privilegios de la nobleza y no podían regresar libremente a la parte europea de Rusia después de la muerte del esposo sin la autorización del zar.

Nuevas leyes para el Imperio ruso

Nicolás procedió a la centralización del Estado y al ordenamiento de las leyes. De especial importancia fue la publicación en 45 volúmenes de las leyes del Imperio ruso. El zar combatió la corrupción pero, según sus propias palabras, el éxito “fue mínimo”.

Se fundó la Policía Secreta, el tercer departamento de la Cancillería de su Majestad para investigar las conspiraciones. Se estableció la censura de las publicaciones. En especial, se prohibió publicar todo lo que contuviera matiz político. Nicolás ordenó el regreso del destierro de Pushkin y se nombró el censor personal de sus obras. El poeta, en su descripción del carácter del zar, destacó con ironía que Nicolás “tiene mucho de alférez y poco de Pedro el Grande”.

En otro orden de cosas, el zar mejoró la situación de los campesinos siervos. Se prohibió a los terratenientes castigarlos con el destierro a Siberia y venderlos separando las familias. Sin embargo, el régimen de servidumbre permaneció.

En la industria se procedió a la construcción de ferrocarriles y el zar estableció un régimen proteccionista, lo que provocó el auge de la industria nacional.

Gendarme de Europa

Para Nicolás I eran inadmisibles los cambios revolucionarios tanto en Rusia como en otros países. En los años 1830-31 las tropas rusas combatieron contra los rebeldes independentistas polacos y aplastaron el levantamiento; y en 1848 el Ejército ruso fue enviado a Hungría para sofocar una revolución. En la prensa extranjera liberal el monarca ruso fue apodado “el gendarme de Europa”.

Los aliados europeos de Rusia aplaudieron su política conservadora pero al mismo tiempo perseguían el debilitamiento del Imperio ruso, en especial en la región del Cáucaso y del mar Negro. Por su parte, el zar Nicolás cometió una serie de errores diplomáticos en los Balcanes. El emperador quiso debilitar a Turquía separando de este país las naciones que profesaban la religión cristiana ortodoxa. Nicolás envió las tropas a la cuenca del río Danubio y el Gobierno turco pidió ayuda a sus aliados.

En octubre de 1853 Turquía, Gran Bretaña, Francia y el reino de Cerdeña declararon la guerra a Rusia. Los combates se libraron en el Cáucaso, en la región del río Danubio, en los mares Báltico, Negro, Blanco y de Bárents y en la península de Kamchatka, pero las batallas cruciales tuvieron lugar en Crimea, península situada en la parte sur de Rusia. Los aliados desembarcaron, derrotaron al ejército ruso y asediaron Sebastopol, principal base de la flota rusa del mar Negro. El asalto duró un año y la fortaleza fue parcialmente conquistada —los rusos mantuvieron la bahía de Sebastopol—. Los dramáticos episodios de este asalto quedaron narrados en Los relatos de Sebastopol de Lev Tolstói.

Mientras que en otros lugares las tropas rusas se enfrentaron con éxito a los aliados, la campaña militar en Crimea fue un rotundo fracaso. Desde el punto de vista técnico, el Ejército y la Marina de guerra rusa estaban retrasados. El abastecimiento de las tropas estuvo mal organizado y corrupto. En el ámbito internacional el país se quedó aislado. En la guerra de Crimea el Ejército ruso sufrió más de 100 000 bajas.

El zar quedó horrorizado por la pésima situación interna y externa del imperio, resultado de sus treinta años de gobierno.

Los historiadores opinan que la presión y una depresión persistente debilitaron al zar. El dieciocho de febrero Nicolás I falleció. Se habló de que el emperador se había suicidado pero, en realidad, el monarca tuvo un fuerte resfriado y padeció neumonía durante dos semanas. Antes de morir, le dijo al futuro emperador, Alejandro II: “Sirve a Rusia”.

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