Mijaíl Skóbelev

Mijaíl SkóbelevRIA Novosti

Hoy se recuerda muy poco al general de infantería Mijaíl Skóbelev. Antes de la revolución bolchevique de 1917, el monumento a este jefe militar se ubicaba en la calle más céntrica de Moscú, la calle Tverskaya, frente a la Municipalidad, justo en el lugar donde ahora está la estatua del fundador de Moscú, el príncipe Yuri Dolgoruki.

Sin embargo, a finales del siglo XIX Skóbelev era quizá la persona más famosa de Rusia, al menos entre los militares, y sus imágenes de vendían como tarjetas postales por todo el enorme imperio. Sus compatriotas atribuían a esta figura la solución de la crisis política que sacudió a Rusia en los 80 del siglo XIX.  

El misterio de la muerte del general Skóbelev

La madrugada del día 26 de junio de 1882 Moscú parecía un enjambre de abejas espantadas. Prácticamente todos los habitantes estaban conmovidos por la trágica noticia de la inesperada muerte del joven héroe popular, Mijaíl Skóbelev, llamado también “el general blanco” por su afición a los caballos y guerreras blancas.

Miles de moscovitas asistieron al sepelio del famoso militar. El escritor Vasili Nemirovich-Dánchenko escribió sobre aquel día en sus memorias:

“Moscú estaba llorando… Por todas las partes se veían rostros bañados en lágrimas. Hombres de negros redingotes y elegantes mujeres estaban mezcladas con sucias camisas de obreros y campesinos…”

Al día siguiente para la misa de difuntos llegaron los más altos mandos militares: el general Cherniáyev, en nombre de los “generales de Turquestán”, con lágrimas en los ojos, colocó una ofrenda floral hecha de plata. También se acercó una innumerable cantidad de delegados de distintas unidades del Ejército y regimientos que había comandado Skóbelev. El ataúd apenas se veía bajo las flores. Una de ellas llevaba la palabras del Estado Mayor ruso: “Al héroe Skóbelev. Jefe militar igual a Suvórov”.

La familia real estuvo representada en los funerales por uno de los parientes del emperador. El mismo Alejandro III no asistió pero envió un telegrama con condolencias a la hermana del difunto.

El entierro del general se convirtió en una verdadera manifestación popular muy similar a la vista durante el entierro de Suvórov. El poeta y diplomático Mijaíl Jitrovó exclamó: “¡Estamos enterrando nuestra bandera!”, mientras que los soldados decían: “De bien has servido a nuestra madre Rusia, ¡Águila nuestra!”

El ataúd fue llevado a hombros desde la iglesia hasta la estación de ferrocarril. A lo largo de todo el recorrido del tren –incluso al pasar por la “patria chica” del general, la aldea Spásskoye– cientos de personas se acercaron a la vías férreas guiadas por sacerdotes que portaban imágenes religiosas.  

“Esto sería imposible en nuestro país”, dijo el corresponsal del periódico londinense Times Charles Marvin. “Tampoco sería posible en Rusia”, le respondió alguien de sus colegas rusos y añadió: “Pero esta vez se trata de Skóbelev”.

¿A qué se debe tanta fama de Mijail Skóbelev y por qué su muerte generó tantos rumores?

La fama del general está relacionada tanto con la guerra ruso-turca de 1877-1878, que liberó a los eslavos balcánicos del yugo turco al que llevaban sometidos casi 500 años, como con la conquista de Turquestán (Asia Central) y su incorporación al imperio ruso.

Dichas victorias prácticamente enbalsamaron las llagas que dejó en los corazones rusos la derrota del país en la Guerra de Crimea. De ahí que un general, cuyo talento militar y carisma favoreció al éxito de estas campañas, se convirtiera en un verdadero héroe de la nación.

Siendo todavía un joven oficial y alumno de la Academia Militar, Mijaíl Skóbelev fue enviado a 30 kilómetros de San Petersburgo, al litoral del Golfo de Finlandia, para practicar el levantamiento de planos topográficos. Al vivir en una humilde aldea, quedó sorprendido por la miseria en la que vivían los habitantes del lugar, a quienes ayudó materialmente en reiteradas ocasiones.

Estando allí, una vez el joven oficial se vio en un pantano del bosque y tuvo que soltar las riendas de su caballo para que este pudiera encontrar el camino. Y su yegua de color blanco le salvó al encontrar el sendero. Más tarde contó la historia a Nikita, un campesino y en cuya casa vivía Mijaíl en aquel período.

Por lo visto, después de aquel caso Skóbelev tuvo una predilección algo mística por los caballos y guerreras blancas. Más tarde los soldados rusos le apodaron “el general blanco”, mientras que en el Asia Central y en los Balcanes le daban el nombre de “Ak Pasha” (“general blanco” en turco).

El general gozaba de gran respeto entre los soldados y oficiales de unidades del ejército activo, pero los oficiales de distintos estados mayores lo envidaban y comentaban que presumía de su valentía, desprecio al peligro y la muerte.

Vasili Nemiróvich-Dánchenko, quien conoció muy bien a Skóbelev, dijo al respeto: “El desprecio a la muerte es el mejor de todos los gestos inventados por la humanidad”.

Según el autor de una biografía de Skóbelev, Andréi Shólojov, “el carácter de esta complicada persona reunía tanto su enorme valentía como la vanidad, hasta el espíritu aventurero, criterios liberales y conservadurismo, fe en la idea paneslava y bonapartismo”. Todo ello, en su conjunto, le llevó a traspasar los estrechos marcos militares y adentrarse en la política.

Sus declaraciones políticas con frecuencia tenían el efecto de una bomba y estremecieron a varios jefes de Estado europeos. Incluso en la corte del omnipotente zar ruso la actitud hacia esta persona era muy variada. Igual de diferentes eran las acusaciones que lanzaban contra él los cortesanos: paneslavismo, masonería (casi siempre mal vista y periódicamente prohibida en Rusia), preparación de golpe de Estado. Todo ello generó muchos rumores y versiones acerca de la extraña muerte del joven militar quien no llegó, gozando de un estado físico sano y fuerte, a los 39 años.

Del nacimiento a la fama

El leyendario general, respetado tanto por la aristocracia como por los más humildes soldados y campesinos rusos, nació el 17 de septiembre de 1843 en una familia militar. Fue el primer hijo de Dmitri Skóbelev, un teniente del Regimiento de Caballería de Guardia y posteriormente partícipe de la Guerra de Crimea, que llegó a general y Caballero de la Espada de Oro.

El abuelo de Mijaíl, Iván Skóbelev, durante la guerra de 1812 contra Napoleón sirvió como ayudante del propio Mijaíl Kutúzov, llegó a capitán-general y era además un original escritor militar. Estuvo a cargo de la educación familiar de Mijaíl. Tras su muerte, la madre del futuro general lo envió a Francia, donde el joven estudió durante varios años y aprendió varios idiomas.

En su vida, Skóbelev llegó a dominar 8 lenguas europeas (entre ellas, un francés de nivel nativo) y podía citar de memoria grandes fragmentos de Sheridan, Balzac, Spencer,Byron y Shelley. Tocaba el piano y tenía un agradable barítono. Era más bien un uniformado romántico.

Al regresar a Rusia en 1861, Mijaíl ingresó en la Universidad de San Petersburgo, entonces capital del imperio, pero muy pronto las tradiciones familiares y disturbios políticos le hicieron cambiar de opinión y solicitar su ingreso en un regimiento de caballería de guardia.

Después de graduarse en la Academia del Estado Mayor, el joven oficial solicitó su envío a Turquestán en 1868 y, salvo por un intervalo de 2 años, participó en la conquista de Asia Central, donde se distinguió en la toma de los Kanatos de Jiva, Kokand y otras batallas, mostrando su audacia y valentía personal, actitud que le granjeó la fama entre los soldados y la envidia de oficiales estadistas. Por sus hazañas y méritos en Turquestán Skóbelev fue ascendido a mayor general.

Héroe de Pleven y libertador de los búlgaros

En abril de 1877 empezó la guerra ruso-turca, en la cual Rusia brindó ayuda a sus hermanos eslavos para liberarlos del yugo turco y Skóbelev solicitó su envío al ejército activo. Parece que había estado esperando esta oportunidad toda su vida.

Inicialmente sus nuevos jefes y compañeros tenían poca confianza en un joven general de 34 años, pensando que sus galardones y alto grado se debía a fáciles victorias sobre “muchedumbres asiáticas”. Durante algún período de tiempo no le confiaron el mando de tropas. Solo durante el asedio a la fortaleza y ciudad de Pleven (o Plevna, como se llamaba la ciudad en aquel entonces), en territorio búlgaro, donde se atrincheró un fuerte ejército turco bajo el mando de Osman Pasha, le confiaron su primer destacamento, uno de cosacos. Los dos primeros asaltos a la fortaleza fracasaron. Durante el segundo asalto fue solo el destacamento de Skóbelev el que retrocedió en total orden.

Durante el tercer asalto Skóbelev ya estaba al mando de una división. Sus regimientos fueron los únicos que pudieron apoderarse de dos reductos e irrumplir en la ciudad. Pero el mando del ejército ruso no le envió refuerzos y Skóbelev tuvo que retirar sus tropas, puesto que el ataque ruso en otros puntos había fracasado. Junto con el ejército estaba el emperador ruso Alejandro II, quien tuvo la oportunidad personal de valorar las habilidades y la valentía del joven general.

Pese a los fallidos intentos, el tercer asalto a Pleven hizo el nombre de Skóbelev famoso en toda Rusia. Finalmente, el asedio terminó con la rendición del ejército turco de Osman. Por su actuación en los combates de Pleven, Alejandro II ascendió a Mijaíl a teniente general y le nombró caballero de la Orden de San Estanislao de Máximo Grado. Al mismo tiempo llegó la carta de su esposa con la petición de divorcio.

A inicios de 1878, Skóbelev encabezó la vanguardia del cuerpo del general Gurko en su cruce de los Balcanes. Al liderar el ataque en Sheinovo, Skóbelev con sus tres regimientos desbordó al ejército de Suleiman Pasha, quien tuvo que rendirse. El 8 de enero los soldados de Skóbelev se apoderaron de Adrianopol y tras un breve descanso, avanzaron hacia Estambul y los Estrechos. En febrero, las tropas de Skóbelev entraron en la localidad de San Stefano, a 12 kilómetros de Estambul. Turquía tuvo que pedir la paz.

Temeroso de que que la ciudad cayera y Rusia se quedara con los estrechos del Bósforo y las Dardanelas, el Reino Unido envió una flota de acorazados para prevenir la entrada de tropas rusas en la ciudad. Bajo la presión de la flota se firmó el armisticio con Turquía y empezó la permanencia de 9 meses de las tropas rusas cerca de la antigua Constantinopla.

Skóbelev, al igual que otros generales rusos, rabiaba por entrar en combate, pero se vio obligado a contemplar la hermosa vista de la ciudad a través de sus prismáticos.

Considerando el contexto político, el general tomó la pluma y el 17 de enero de 1878 escribió una “Nota sobre la campaña en la India" en la que afirmaba: “Cualquiera que habla sobre la situación de los ingleses en la India afirmaría que es precaria y está sostenida solo por el poder de las armas; diría que las tropas europeas en el país son muy pocas y solo pueden mantener el orden, mientras que las tropas locales no son de fiar. Cualquiera que hable sobre la posible intervención de Rusia afirma que bastaría con entrar en contacto con las tribus montañosas de la India para que allí surgiera una sublevación a gran escala.”  

En su nota, el general propuso, destacando también posibles riesgos de la operación, un detallado plan de la expedición rusa a la India para terminar allí con el dominio británico. El plan detallaba la cantidad total de tropas que podría participar, plan de acción, rutas de las tropas, cantidad de piezas de artillería, posible apoyo logístico de la campaña y posibles ventajas políticas de esta operación, incluso si fracasara.

Pero la nota de Skóbelev, redactada con bastante sentido común y conocimiento de las realidades de aquella área (Skóbelev sirvió en Asia Central, cerca de Afganistán, varios años), fue dejada de lado. En vez de ello el emperador Alejandro II y su hermano Nicolás, el comandante jefe, durante varias semanas intercambiaban cartas de contenido algo anecdótico: "¿Cómo van las cosas con Tsargrad?" preguntó el zar; “Dame la orden, Sasha, y lo tomo”, respondió su hermano; “Pero tú estás más cerca de allí, así que decide tú”; le propuso Alejandro; “¿Pero, quién es el zar?”, concluyó Nicolás.

Como resultado de todo ello, salvo la independencia para los eslavos del Imperio turco, Rusia perdió todos los frutos de su victoria en la guerra cuando las grandes potencias europeas, alarmadas por la extensión del poder ruso en los Balcanes, modificaron el tratado de paz con Turquía, muy favorable para Rusia, en el Congreso de Berlín.

El último asalto

En enero de 1881, el general Skóbelev obtuvo su última victoria militar al tomar por asalto la fortaleza Geok-Tepe, ciudad principal de la tribu Akhal-Teke, afianzando así las posiciones de Rusia en Asia Central y conquistando el territorio del actual Turkmenistán, en el contexto del "Gran Juego", es decir, la extensión del imperio ruso hacia el sur, ante la alarma del Reino Unido, que no quería ver sus dominios (sobre todo “la joya de la corona”, la India) amenazados.

El proceso de la conquista activa del Asia Central por los rusos duró casi veinte años y Skóbelev fue uno de los jefes militares más destacados en estas largas campañas. Posteriormente, destacados en la poesía y exaltados por los periódicos, estos militares formaron el llamado grupo de “los generales de Turquestán”, nimbado con la aureola de la gloria de esas largas marchas por desiertos, con agua muy racionada (incluso se medía por fundas vacías de cartuchos y en algunos casos los soldados rusos hasta llegaban a beber su propia orina) y resistiendo ataques de las numerosas caballerías de las tribus locales. Algo similar, pero al estilo inglés, fue idealizado también por el famoso escritor y poeta británico Rudyard Kipling.

Tras participar en varias campañas centroasiáticas, que concluyeron con la incorporación de casi toda Asia Central al imperio ruso, en 1880 Skóbelev regresó a esas tierras por órden del emperador Alejandro II, quien le ordenó tomar la fortaleza turkmena del oasis de Akhal-Teke, Geok-Tepe, tras el fracaso del primer intento en 1879. Aquel fracaso se sintió mucho en Rusia, tomando en consideración que en el mismo año las tropas británicas entraron en Kabul, la capital afgana. El Gobierno ruso, temeroso de que esta derrota pudiera socavar el prestigio del imperio en Asia, nombró rápidadente al general Skóbelev, que acaba de regresar de la gloriosa campaña contra Turquía, para que se pusiera al frente de otra expedición.

A principios de noviembre de 1880 Skóbelev reunió una fuerza de 11 000 efectivos. El Ejército había comenzado la construcción de un ferrocarril que partiría de Krasnovodsk, pero como la obra no estaba finalizada a tiempo, Skóbelev, empleó unos 20 000 camellos para el transporte. A finales de noviembre de ese mismo año, las tropas rusas, reducidas a 7100 combatientes, puesto que habían tenido que guarnecerse las líneas de abastecimiento, llegaron al oasis de Akhal-Teke y pusieron sitio a la fortaleza Geok-Tepe, donde estaban atrincherados unos 12 000 jinetes.

Los turcomanos resistían tan obstinadamente como en la ocasión anterior. Varias veces salieron de la fortaleza para atacar las escasas tropas rusas, pero Skóbelev continuó el bombardeo y el asedio sin descanso y ordenó minar los muros de la fortaleza, a pesar de los incesantes ataques procedentes del interior.

El día 12 de enero los zapadores rusos hicieron estallar las minas y tres columnas se lanzaron al ataque. Una de ellas estaba encabezada  por el coronel Kuropatkin, jefe de la plana mayor, amigo de Skóbelev y más tarde ministro de Defensa ruso. La resistencia fue encarnizada pero el asalto terminó con la una victoria rusa absoluta. Posteriormente las tropas rusas avanzaron hacia Asjabad y ocuparon todo turkmenistán.

Gracias al talento militar y organizador de Skóbelev, esta expedición costó tan solo 13 millones de rublos y duró unos 9 meses, en vez de los 2 años previstos por el Estado Mayor ruso. Mijaíl Skóbelev volvió a confirmar su principal máxima, “evitar poesía en las guerras”, al calcular y organizar la operación hasta el más pequeño detalle.

La preparación para la campaña estaba tan detallada que al general también contó con el deporte y las prostitutas para los soldados.

Durante el asalto, las bajas mortales rusas fueron tan solo 4 oficiales y 55 soldados y sargentos. Un total de 30 oficiales y 309 soldados resultaron heridos. Las bajas de la resistencia rondaban las siete mil personas.

Skóbelev volvió a ser condecorado y ascendido a general de infantería (análogo ruso de capitán-general). 

“Primer cónsul” o “general de pronunciamiento”

Después de su regreso de Rusia al término de la conquista de Akhal-Teke, Skóbelev se vio en un país estremecido por los disturbios internos. Acababa de caer el emperador Alejandro II, asesinado por la organización terrorista Naródnaya Volia (“Libertad del Pueblo”).

Tras una fría recepción brindada por el nuevo emperador, Alejandro III (su primera pregunta, al saludar al general fue: "¿Cuál fue la disciplina en su destacamento?"), hijo del fallecido Alejandro II, Skóbelev inició su propia política exterior que no tenía nada que ver con los acuerdos internacionales firmados por el Gobierno ruso. Inicialmente intervino con un discurso dirigido contra Alemania y el Imperio Austro-Húngaro, pero no se limitó a esto. Después de esta intervención el “general del pronunciamiento”, como le apodaban a veces sus amigos militares, o el “primer cónsul”, apodo que indicaba el evidente bonapartismo del general y generaba cierto temor del emperador ruso, se dirigió a París, donde tenía muchos amigos, sobre todo entre los masones del palco Gran Oriente, previamente solicitando un permiso al ministro de Defensa.

Estando en París, Skóbelev se reunió con los estudiantes serbios que estudiaban en la Sorbonna y otros centros de enseñanza de la capital francesa y que acudieron a saludarle.

Otro discurso del general fue mucho más contundente y brusco, dejando las cosas aún más claras. Skóbelev presentó a los germanos como los enemigos naturales de los eslavos, opinión compartida por el periodista Mijaíl Katkov, el escritor Konstantín Aksákov y otros líderes del movimiento paneslavo.

“El enemigo nuestro es Alemania. La guerra entre los eslavos y los teutones es inevitable y muy próxima. Será larga, sangrienta y terrible, pero estoy seguro de que terminará con la victoria eslava. Les aseguro que en caso de una agresión contra Estados reconocidos en los tratados internacionales, sea Serbia o Montenegro… en una palabra… no estarán peleando solos…”

Algo muy profético… Además, su discurso se presentó ante varios jefes de Estado como un importante síntoma de que Rusia podría formar una alianza con Francia y Serbia, dirigida contra Alemania y Austria-Hungría. Este discurso, no sancionado por el zar ni por el Ministerio de Exteriores ruso, causó mucha preocupación entre los gobernantes rusos y franceses, sin hablar de la repercusión que tuvo en Austria-Hungría y Prusia.

Oficialmente el primer ministro francés, Leon Gambetta, condenó las palabras de Skóbelev, pero al conversar con el militar reconoció que su discurso había sido de mucha utilidad para Francia, “incitando muchas esperanzas en la alianza con Rusia”. Al mismo tiempo el político destacó que en su periódico tuvo que “condenar la falta de tacto del general”.

El emperador ruso Alejandro III mostró su descontento por la conducta de Skóbelev y, al igual que Gambetta, tuvo que distanciarse oficialmente de sus declaraciones. Al atrevido general le fue rápidamente ordenado volver a Rusia. Además se le indicó la ruta de regreso a través de Holanda y Suecia, para que no fuera por Alemania.  

Naturalmente, la opinión pública francesa tuvo otra opinión, cuyos representantes abiertamente saludaron las declaraciones de Skóbelev.

A pesar de lo que se esparaba, el encuentro de Skóbelev con el emperador Alejandro III, que se celebró a solas, terminó de modo muy favorable para el general, quien, según los testigos, salió del despacho del zar muy feliz. Pronto fue nombrado jefe del Cuerpo del Ejército en Minsk, en la frontera occidental del país.

El 22 de junio de 1882, tras solicitar un permiso de un mes, el general partió a Moscú. El 25 de junio Skóbelev cenó en un restaurante del hotel Inglaterra y después bajó a la habitación de Charlotte Altenroe, una prostituta de Moscú muy cara de nacionalidad desconocida, la cual salió corriendo del hotel y gritó a un barrendero que en su habitación había un oficial muerto. La mujer hablaba alemán, hecho que sirvió de pretexto para que los masones franceses afirmaran que detrás de su muerte estaban los agentes de Bismarck (en aquel entonces el jefe del gobierno alemán, enemigo de Francia y lógicamente temeroso de una posible alianza militar Rusia-Francia) de Alemania.

El acta de la autopsia decía que el general de 38 años había fallecido de “parálisis de corazón y pulmones”, hecho que pronto pusieron en tela de juicio varias personas presentes en el entierro que notaron un extraño color amarillo con manchas azules en la cara, un síntoma de envenenamiento.

¡Si estuviera vivo Skóbelev!

Como dijo el gran escritor francés Gustave Flaubert, “sin la imaginaciónlahistoria es imperfecta”. La inesperada muerte del general de 38 años, cuyos amigos y enemigos predecían un brillante futuro, fue tan sorprendente e impactante que posteriormente, sobre todo en el período de fracasos del ejército ruso durante la guerra contra Japón de 1904-1905, muchas personas en Rusia exclamaban “¡Si estuviera vivo Skóbelev...!”

Naturalmente, no sería una exageración si afirmamos que Mijaíl Skóbelev hubiera sido capaz de cambiar radicalmente todo el curso de la historia rusa. No cabe la menor duda de que él hubiera ocupado el cargo de ministro de Defensa y hubiera sido el comandante jefe durante la campaña de 1904-1905 en el Lejano Oriente. Lo más probable es que hubiera ganado aquella guerra, por lo menos en tierra.

Lamentablemente, nadie es capaz de reescribir la historia y el mando en aquella guerra lo tuvo que asumir, por orden del zar Nicolás II, el entonces ministro de Defensa y ex amigo y compañero de armas de Skóbelev, el general Kuropatkin, hombre valiente y honesto, pero muy indeciso, a quien Skóbelev incluso tuvo que decir en una ocasión durante la guerra ruso-turca de 1877-1878: “Eres, Alexéi, un magnífico jefe de Estado, ¡pero que Dios te salve de hacerte comandante!”

En Bulgaria hay cerca de 450 monumentos conmemoriativos de aquella época: estatuas, museos, cuadros panorámicos… Varias plazas, calles, parques, hoteles llevan los nombres de los héroes rusos de la guerra libertadora, entre ellos el general Mijaíl Skóbelev. Su existencia no se vio afectada ni por el derrumbre del Imperio ruso ni el de la Unión Soviética, ni por la propaganda comunista. Durante la Segunda Guerra Mundial no se atrevieron a tocarlos ni los alemanes ni sus aliados.

Rambler's Top100